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RSS | ed. impresa | Regístrate | 10 julio 2009

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El piloto riojano logra colocar un nuevo motor en su quad y corre la segunda etapa, pero una nueva avería compromete su futuro

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José María Peña no se olvidará jamás de la Pampa. En la primera etapa de este Dakar argentino, el piloto riojano vio cómo se rompía el motor de su quad y debía esperar varias horas en una gasolinera hasta que el coche de asistencia le trajera un nuevo motor. Finalmente, llegó, aunque con mucho retraso y Peña consiguió montarlo y conducir casi toda la noche para llegar hacia las cuatro de la madrugada (hora local) a Santa Rosa, final de la primera etapa. Consiguió, por lo tanto, su objetivo: alcanzar la meta antes de que se diera la salida del segundo parcial y evitar, así, el abandono.
Peña apenas tuvo hora y media de descanso antes de presentarse con su quad en la línea de salida. Ante sí, la etapa más larga del Dakar, con más de 800 kilómetros. Carreteras sin arcenes, mucho polvo y ni un alma: así es la Pampa. La moral del equipo riojano, según indica su responsable de prensa, Antonio Díaz Uriel, era alta en esos momentos: se había conseguido la gesta de acabar la primera etapa y ahora, en cierto modo, todo comienza de nuevo.
Pero, definitivamente, José María Peña no se olvidará jamás de la Pampa. En esas enormes rectas, el quad del riojano volvió a averiarse y aunque consiguió acabar la etapa, ahora debe reparar su montura si quiere continuar su aventura en este Dakar sudamericano que se les está atragantando a muchos pilotos. Las altas temperaturas (cercanas a los 36 grados), la gran cantidad de polvo que hay en el camino y hasta la monotonía de un paisaje casi eterno se alían para atacar la mecánica de los aparatos e incluso la estabilidad emocional de los pilotos.
Para hoy, Peña y los demás contendientes deben afrontar la etapa entre Puerto Madryn y Jacobacci, con una especial enorme, de más de 600 kilómetros. La entrada a la Patagonia, que viene acompañada de un significativo cambio de terreno, va a necesitar nuevas aptitudes de pilotaje. El paisaje es netamente mucho más ondulado: los adeptos a las grandes curvas sacarán provecho de la etapa. Aquí se orientarán por los lagos que bordean el camino -alrededor de diez en el día- y por los cuantiosos flamencos rosas que serán los guías privilegiados de la etapa.
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