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RSS | ed. impresa | Regístrate | Jueves, 9 febrero 2012

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LOGROÑO

Las torres de la concatedral divisaron durante años una intensa actividad en la plaza del Mercado que ha desaparecido

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A los pies de la Redonda
Venta de flores en la Plaza del Mercado en 1992. /LA RIOJA
Las torres de la Redonda presentan en estos momentos la imagen de los edificios artísticos protegidos ante la posibilidad de un acontecimiento bélico. Afortunadamente no hay tal y sólo se trata de dotarles de las medidas protectoras derivadas del andamiaje que se ha dispuesto para realizar las obras de restauración que se están llevando a cabo y que esperamos las dejen embellecidas, como bien merecen por su esbeltez y el arte que atesoran.
Tanto por su emplazamiento, como por alzarse por encima de la ciudad, las torres gemelas se asemejan a una pareja de guardias que vigilan su entorno. Al mismo tiempo sirven para señalar el lugar donde se encuentra Santa María de la Redonda, el templo que viene acogiendo desde hace siglos los acontecimientos más importantes de la ciudad, tanto los de carácter religioso, como es propio, como los derivados de la actividad de la capital. Especialmente los comerciales, porque en su entorno, como si buscaran el cobijo de las torres, se fueron creando importantes comercios hasta constituir el centro comercial de Logroño, lo que originó que se denominase calle del Mercado. Está reciente el recuerdo de la actividad existente en la plaza del Mercado, junto a la Redonda, con numerosas tiendas en los Portalillos, empezando por el horno de asar junto a las escalerillas de la calle Carnicerías, la zapatería de Verano, la tienda de aceitunas y pepinillos del Gordito, el comercio textil La Fama, la Negrita con sus jamones colgados en el dintel, la Tienda del Corcho, el bar La Parra, El Barato, la de ultramarinos Morrín en la esquina con Herrerías. y entre esos comercios ocupando todos los bajos, distintos locales de alpargatas, cesterías, cordelerías, mercerías, etc. que daban vida a una zona que se acentuaba los martes y viernes, considerados como días de mercado, donde se instalaban puestos ambulantes que vendían desde una manta, una faja de lana o unos calzoncillos pulgueros, hasta artículos de mercería y ferretería.
Se recuerda al puesto del chatarrero Farrás que tendía por el suelo herramientas de segunda mano de todo tipo que solucionaban muchos problemas. La animación de ese espacio aumentaba con la salida de una línea de autobuses frente al bar La Parra y la aprovechaban los charlatanes -se recuerda especialmente a la Maña- para vender sus mercancías. La actividad comercial se extendía a los costados de la plaza como la tienda de muebles de Navajas, en la esquina con Caballerías, la tienda de bolsos de Gómez, la de zapatillas Barco y el almacén de la Tabacalera, en la esquina con Herrerías.
Hasta se colocaban junto a la Redonda vendedoras de cangrejos con grades cestos llenos de tan apreciados crustáceos que ponían con tomate en los bares. La actividad que engendraba la plaza del Mercado, que hoy muestra una lamentable inactividad, se extendía por las calles aledañas, como la de Caballerías, con posada, cacharrería, zapatería, cambio de novelas, panadería, fontanería, o por la calle Mercaderes, con una carnicería, la popular casa de comidas de Nobleza, guarnicionería y una importante tienda de tejidos, entre otras. Igualmente recibían las comentadas influencias del entorno los establecimientos de la calle Herrerías, con el popular bar Cuatro Vientos, las panaderías de Rubio y Arnedillo y la cestería de Ulecia.
Por otra parte, contribuían al ambiente comercial del área de la Redonda los importantes establecimientos que existían en Portales, a los que les afectó la peatonalización de la calle. Esperemos que el embellecimiento de las emblemáticas torres insufle nueva vida a una zona que ahora se anima solo los fines de semana.
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