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La Rioja

11.12.08 -

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N o me gusta mucho el fútbol, lo reconozco; pero cada vez que veo a Pep Guardiola en las estribaciones del banquillo del Barça, con esa barba que no es barba porque una amiga mía dice -toda convencida ella- que no pincha, con esos trajes oscuros de Armani que ahondan su poco disimulada delgadez, con la corbata suelta a lo Brad Pitt en Ocean's Eleven y esa mirada lánguida, sucinta, pero tan convincente que hasta Samuel Eto'o le hace caso y corre como una gacela desbocada por la banda, es que me derrito... de envidia, claro.
Primero, porque ni me caben sus camisas y mi barba desarreglada es algo así como un desconsuelo en comparación con la del noi de Santpedor, que luce -quizás sin saberlo ¿o sí?- aire de intelectual nada relamido cuando se pone brazos en jarras mimando a Messi con los ojos o se abraza sin estridencias con Pujol tras un despeje in extremis.
Segundo, digámoslo ya, porque soy del Madrid y estoy harto de tipos mal encarados en los banquillos al estilo de Bernd Schuster -felizmente decapitado- que parecen comer vinagre, vivir sin que les llegue para pagar el cole de los hijos a final de mes y porque más que hablar, lanzan extraños artificios por la boca ganen o pierdan, empaten o les pregunten si han pensado ya el número de la lotería que van jugar en Navidad.
Pero Pep no. Pep se atusa la barba que no pincha en sus ruedas de prensa, mira a los ojos de los periodistas y rehuye los topicazos con elegancia, sin caer en el realismo mágico churrigueresco de las frases untuosas de Valdano -que me sacaba de quicio con el florido pensil de su retórica- o en la ñoñería de «los partidos duran 90 minutos». Pep, con su corbata sin atragantar y su barba polisémica y distraída, se desliza en la rutinaria pasarela del fútbol con un señorío y una clase que ya la quisiera yo pa mi Madrid.
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