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RSS | ed. impresa | Regístrate | 7 julio 2009

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Ciclismo

El ciclista estadounidense rodó ayer con sus compañeros del Astaná en las carreteras de Tenerife mientras Contador se ejercitaba en el gimnasio
02.12.08 -

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Son dos estilos de vida distintos aunque unidos por el destino y por un padecimiento que va más allá de lo físico porque ambos han conseguido salir con el maillot amarillo de sus particulares luchas con la enfermedad. Ahora coinciden en el mismo equipo: Astaná. Uno, de vuelta; el otro, en el camino de ida.
El americano vuela en su avión privado. El otro llegó empujando su carrito y con su bicicleta embalada entre cartones y precintos. Uno salió por la puerta VIP y el otro, por el conducto reglamentario.
Tenerife es el punto de encuentro. Hace falta poner el pie en las Islas Afortunadas para dar las primeras pedaladas de la temporada porque el clima en la península es infernal para enfrentarse a la carretera.
Lance Armstrong y Alberto Contador ya se han saludado. No han coincidido en la carretera todavía porque el madrileño se recupera de una operación en el tabique nasal, obstáculo que no le ha impedido hacer trabajo físico en el gimnasio. Es el momento de fortalecer el tren superior, ya que el inferior se mantiene solo. En un par de días anunció que tomaría contacto con la bicicleta.
Para el ganador de Giro y Vuelta 2007 será el momento de empezar a marcar su territorio en el equipo. A nadie se le escapa que uno representa el pasado, -ilustre pasado- en el mundo del ciclismo. Siete Tours de Francia no son fruto de la casualidad, pero ahora, a sus 37 años vuelve dispuesto a demostrar que está en disposición de volver al camino de los éxitos tres años después de abandonar el ciclismo profesional.
Su regreso sonó a fantasmada, pero ayer ya empezó a dar las primeras pedaladas en su nuevo desafío. Va en serio y su cólera le empuja a demostrar que sus límites son infinitos.
Contador representa el presente y el futuro del ciclismo. El primero que conoce todos los detalles es el director deportivo de ambos, Johan Bruyneel, del que se espera ver qué responsabilidades reparte entre sus gallitos. En realidad tiene en sus manos un tesoro o una bomba. La atención la tienen garantizada.
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