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RSS | ed. impresa | Regístrate | 10 febrero 2010

Cultura

CRÍTICA DE CINE

24.11.08 -

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U na trama apabullante, un argumento psicótico, un guión enrevesado y una puesta en escena sobrecargada caracterizan el último trabajo del cotizado realizador británico, Ridley Scott, que como cineasta de su tiempo ciñe su ampuloso cine a las coordenadas heredadas del 11-S para enchufarnos su mirada sobre el terrorismo global.
La acción caracolea de un lado a otro de Oriente Medio, visitando los países y ciudades posibles guaridas de Al Qaeda, para sembrar, sobre todo en su primer tramo, una torturante exposición de hechos encaminados a echar el guante sobre una cédula terrorista potente dispuesta a sembrar de bombas el mundo occidental.
Para combatir la hecatombe que se les viene encima a los gobiernos civilizados y frenar el plan de desequilibrio del orden mundial puesto en marcha por los villanos islamistas, los agentes más sólidos de la Agencia de información llamada CIA impondrán sus falibles o infalibles métodos.
Dos hombres de muy distinto signo y posición se pondrán manos a la obra con la inestimable ayuda de otros aparatos de inteligencia. Roger Ferris (Leonardo DiCaprio), experiodista en Irak y experto sobre el campo de batalla (el que se lleva todas las collejas) y Ed Hoffman (Russell Crowe), todopoderoso espía, frío y siniestro, al que vemos tanto llevando a sus hijos al colegio como gestionando y orientado su misión desde su cuartel general o en el propio terreno del polvorín.
Enmarañada y serpenteante, Red de mentiras se me ocurre calificarla como si presenciara una estratégica partida de ajedrez. El guión está lleno de movimientos en lo que a veces no entiendo si son acertados o desacertados y me dejo arrastrar por los confusos diálogos y las tretas y engaños que se despliegan en la primera parte de la película. Un galimatías fruto, creo yo, de la paranoia propia del retrato de los convulsos hechos que se narran en la película que atienden una manera muy norteamericana de combatir el terrorismo, utilizando desde la gente de a pie o sofisticados materiales de espionaje.
Tratándose de una cinta rodada por el autor de American gangster, cierta tensión y fruición en la batalla están aseguradas y cuando la película entra en meollos más cáusticos e innobles, como el feliz arquitecto que Ferris engancha como cabeza de turco, su presencia y recorrido se agotan enseguida y a la par el filme coquetea en un alarde de impostura con la sección romántica (la novia jordana que se busca el 'atento' Leonardo DiCaprio) que envuelven ese metraje en el consabido dolor por la desaparición de la chica como el cargo de conciencia del personaje de Ferris por la sucia maniobra orquestada con el chivo expiatorio.
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