
Juan Mayorga./EFE
Probablemente mi teatro no vaya a cambiar el mundo, pero el de Shakespeare sí lo hizo
No debemos renunciar al prensamiento ni la poesía, sino buscar el camino a la mente y el corazón del espectador
No es fácil hacer examen de conciencia, aunque siempre hay algún motivo para ello. Juan Mayorga (Madrid, 1965) es uno de los dramaturgos españoles más destacados de su generación y seguramente el más crítico. Premio Nacional de Teatro 2007, galardón que se suma a otros como el Calderón de la Barca y varios Max, su trabajo se caracteriza por hacer del teatro “un espacio de resistencia” y abrirlo a la reflexión. ‘Hamelin’, una fábula sobre un presunto caso de pederastia estrenada por Animalario en La Abadía; ‘Himmelweg’, producción del Centro Dramático Nacional, una quimera sobre la visita de un representante de la Cruz Roja a los campos de concentración nazis; o ‘El chico de la última fila’, montaje de Ur que analiza el tema de la enseñanza en nuestros tiempos, son algunos de sus títulos destacados.
Actualmente, de nuevo junto al CDN y La Abadía, explora los subterráneos del ser humano en ‘La paz perpetua’, una dura obra que parte del terrorismo para llegar a la tortura, dirigida por José Luis Gómez, que cierra el 29 Festival de Teatro de Logroño.
PREGUNTA: Aceptó el reto de Gerardo Vera [director del CDN] de escribir sobre terrorismo y terminó componiendo un texto crítico con los métodos para luchar contra él. No es lo que se dice el punto de vista políticamente más correcto, ¿no?
RESPUESTA: No lo es. Yo opino que nuestra obligación como creadores de teatro, la obligación del arte en general y del teatro en particular, no es tanto complacer como hacer pensar. En este trabajo yo he optado por fijarme en las situaciones paradójicas y contradictorias en las que los seres humanos pueden verse obligados a tomar decisiones censurables e incluso rebajar sus principios morales.
Cuando me propuse escribir sobre el fenómeno del terrorismo pensé que había muchas posibilidades. Descarté en primer lugar escribir desde el punto de vista de la víctima porque no me sentía con derecho a hacerlo; me parecía como intentar suplantar su sufrimiento. Tampoco quería adoptar el punto de vista del terrorista porque me repugna cualquier forma de utilización del hombre por el hombre, y el terrorismo es una de las más atroces al considerar que la vida de una persona puede eliminarse para conseguir determinados fines políticos.
Descartadas esas dos posibilidades, me introduje en el campo de la llamada lucha antiterrorista, en el que creo que están apareciendo fenómenos inquietantes, como el debate sobre la legitimación de la tortura, sus procedimientos, los tiempos de incomunicación de detenidos... Creo que la amenaza terrorista ha abierto este tipo de discusiones y ha generado la revisión de ciertos valores que creíamos firmes en los sistemas democráticos, como el rechazo a la tortura.
El teatro es la forma más directa que tengo para compartir mis preocupaciones hacia el mundo. Más que identificarse con el alegato que entraña la obra contra cualquier tipo de violencia, espero que el espectador se sienta personalmente interpelado por las cuestiones que plantea, como me ocurre a mí mismo.
- P:¿Cree que sigue siendo necesario vigilar la ‘calidad democrática’ en la lucha contra el terrorismo?
- R: Creo que en política de seguridad se está dando por hecho que tiene que ser a costa de libertad y otros valores sin que haya un verdadero debate social. Poco a poco, con los acontecimientos de todos los días y sus valoraciones políticas, la opinión pública está siendo anestesiada para aceptar determinadas actuaciones sin que salten las alarmas.
- P: Con una postura siempre tan comprometida, ¿ha sentido alguna vez presiones, censura o represalias?
- R: Hay lo que yo llamo ‘censura-ambiente’. Yo lo aprendí de pequeño: siendo del Madrid -cosa de la que ahora tengo ciertas dudas-, mi tío me llevaba a ver partidos del Atlético al Calderón, y allí yo me daba cuenta de que tenía que disimular mi disgusto o mi alegría según fuera el resultado. Quien se crea completamente libre es un ingenuo. Hay censuras muy determinadas. Hay temas tabú de los que hablar entraña un riesgo evidente y hay otros temas en los que lo más fácil es orientarse a lo políticamente correcto. El teatro, si es capaz de crear controversia, de hacer de ello parte de la representación, se convierte en un espacio de resistencia.
‘La paz perpetua’ está recibiendo críticas positivas y eso ha posibilitado que se vaya a estrenar en países como Rumania o Bulgaria. Aunque también ha tenido críticas negativas. Yo acepto lo uno y lo otro porque si uno aspira únicamente a cosechar alabanzas se condena a la intrascendencia. La controversia forma parte del espectáculo. Pero una obra de teatro no debe ser un ensayo, sino una experiencia plena.
- ‘La paz perpetua’ toma prestado el título de un ensayo de Kant y realmente parece referirse, más que al deseo de paz universal, a una suerte de condena por ‘imperativo categórico’.
- R: En ‘La paz perpetua’ Kant aparece como una paradoja: el optimismo de la razón. Él postulaba que la humanidad había llegado a crear las sociedades como sistema de convivencia por egoísmo, para el beneficio de cada individuo, y que la paz perpetua llegaría por extensión de esos sistemas. Actualmente asistimos a la bancarrota de ese proyecto, la paradoja del optimismo ilustrado. Pero debemos seguir planteando, como lo hace esta obra, que es posible resolver los conflictos a través del diálogo y no a dentelladas.
- P: Su formación filosófica está siempre presente en su trabajo. ¿Teme que un exceso de carga reflexiva o filosófica reste a su obra valor dramático, poético o artístico?
- R: Es una de mis constantes dudas y sospechas. Pero me arriesgo porque considero que es importante reclamar la posibilidad de pensar y dialogar. El teatro debe entretener, sí, pero también debe dar que hablar y que pensar. En nuestro tiempo no hay demasiados sitios donde pensar. Si el teatro es uno de ellos puede considerarse un lugar de resistencia. Los grandes clásicos, como Sófocles, supieron conjugar ambas cosas: pensamiento y poesía. Nosotros tampoco debemos renunciar a la reflexión ni a la poesía; debemos buscar el camino al corazón y a la mente del espectador.
- P: ¿Cuál es, entonces, la principal función del teatro y, por extensión, del arte, entretenimiento o compromiso?
- R: El teatro siempre ha de ser entretenimiento y emoción, pero también es capaz de dar algo más. Mi teatro probablemente no vaya a cambiar el mundo, pero el de Shakespeare sí lo hizo. Por ejemplo, ‘El rey Lear’ te hace pensar sobre tu propia vida, la muerte… Ésas son las obras magistrales.
- P: En su artículo ‘Cultura global y barbarie local’ plantea usted la conveniencia de generar una cultura crítica y advierte que, para ello, no es tan importante que sean críticos los creadores y promotores de cultura como que lo sea el propio público.
- R: Yo pienso que el sujeto de una cultura crítica, quien realmente la genera, es la sociedad, una sociedad que mantenga siempre una mirada crítica sobre el mundo y sobre sí misma. Lo más pobre que puede buscar un creador es la adhesión. Lo más temido para mí es la indiferencia. Por el contrario, si abres debate y la gente dialoga el teatro es útil y construye sociedad.
- P: Teatro con conciencia. La conciencia es un mecanismo extraño, ¿no le parece? Tiene más conciencia quien, por sus actos, menos la necesita y viceversa. ¿Ocurre igual con el teatro? ¿Convendría que fueran espectadores muy distintos a los habituales quienes viesen sus obras?
- R: Suele pasar esto, sí. El público que suele acudir ya cuenta, en mayor o menor medida, con esa misma desestabilización que yo, con esa búsqueda interior y esa disposición a ser interrogado. Yo confío en que la capacidad del teatro es explosiva, aunque también limitada, y en que su dimensión como espacio de resistencia puede ir más allá del patio de butacas. En cualquier caso, siempre más allá de uno mismo y del propio punto de vista.
- P: La crisis económica nos atenaza, pero ya hubo antes una crisis ideológica que no pareció importarnos tanto. ¿Escribiría sobre esto?
- R: Lo primero que pienso cuando me hablan de la crisis económica es que una buena parte de la humanidad ya vivía en la miseria antes de esto y no parecía pasar nada. Hay una gran hipocresía al respecto. En quien hay que pensar en primer lugar es en quien lo está pasando realmente mal.
En segundo lugar, pienso que, efectivamente, la crisis financiera ha venido a demostrar que aquella crisis de las ideologías y la despolitización posterior de nuestra sociedad no era un buen suelo sobre el que vivir. Ahora se percibe la verdadera necesidad de la política, que haya proyectos de control frente al liberalismo capitalista, planes objetivos, criterios… En definitiva, que haya política, porque los mercados carecen de moral y de sentido político. Yo creo que se está demandando una política mundial para la humanidad y por la dignidad de los seres humanos. Y si no le queremos llamar a esto ‘socialismo’ porque es una palabra gastada que han malbaratado algunos regímenes, pues busquemos otra palabra, pero hagámoslo.
- P: Termino. Aquel proyecto encargado por Gerardo Vera ha recalado en las manos de José Luis Gómez. Con usted, son ya tres gigantes del teatro implicados en ‘En la paz perpetua’. Y, sin embargo, ¿realmente quién conoce a Vera, Gómez o Mayorga?
- R: Por lo que a mí respecta, yo me siento un autor totalmente sobrevalorado. No echo de menos ningún galardón y alguno de los que me han concedido todavía tengo que merecérmelo. En cuanto a José Luis Gómez… ¿qué puedo decir? Es un sabio. Junto con los actores, ha hecho un trabajo admirable con esos canes bípedos que son los personajes que yo he escrito.
LA CITA
“Una cultura crítica no educa para el pesimismo, sino contra el fatal optimismo del progreso. Es cultura que afirma la vida humana frente a la naturaleza. Cultura para la felicidad”. (‘Cultura global y barbarie local’, de Juan Mayorga)