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RSS | ed. impresa | Regístrate | 6 julio 2009

Cultura

CRÍTICA DE TEATRO

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A veces, en esto del teatro hay misterios insondables. Se juntan, por ejemplo, el prestigioso Centro Dramático Nacional y la acreditada sala Villarroel de Barcelona para envolver un invento; un autor-director-actor-guionista argentino de enorme reputación, como es Javier Daulte; se añaden al proyecto un experimentado escenógrafo, un magnífico equipo de producción, un estupendo iluminador y una diseñadora de vestuario exquisita y, para postre, un elenco de formidables actores y actrices disciplinados, sensitivos y experimentadísimos a cuya cabecera se sitúa a una actriz de renombre y nada despreciable trayectoria profesional en cine, teatro y televisión, como es Anabel Alonso que aporta, además, la nombradía comercial del cartel, el consabido 'pasen y vean, señoras y señores'. Y, ¿qué es lo que resulta?
Pues eso, un misterio titulado Nunca estuviste tan adorable: un aburrimiento total, otro petardo teatral. Es posible que estas cosas de la memoria de la clase media bonaerense gusten a la clase media bonaerense y, de paso, a la pequeña burguesía conformista e iletrada de Madrid o a los recalcitrantes del seny cursi de Palafruguell. Pero nada más.
El texto, la historia y el argumento de esta comedieta de costumbres no tienen ningún interés. Parecen querer recrear, a partir de la memoria de un niño -la del propio autor y director- a los adorables (o no tanto) personajes de su infancia: sus abuelitos, sus papás, sus tiítas, sus primitas y alguna amiga de la familia. Y punto. Bla-bla-blá, bla-bla-bla-blá allá por los años cincuenta y luego por los setenta. Blí. Porque sí, porque así me gusta a mí y todo resulta, cómo no, tan adorable, tan familiar, tan evocador, tan tan-ta-ran-tán.
Dos horas de parloteo entre situaciones aparentemente encantadoras, aburridoramente encantadoras, entrañablemente encantadoras, quiero suponer que para el señor Daulte y demás familia. Pero claro, el señor Daulte no es Chèjov, tampoco quiere parecerse a él ni a O´Neill ni saber nada de Williams y sus demonios respectivos. Y los paisajes interiores de sus personajes se diluyen en una especie de suave y simpático friquismo dialogal para nada. Como en un serial de la tele.
Están estupendos actores y actrices defendiendo como leones situaciones sin chicha ni limoná: son mucho mejores que el libreto y llegan a convertirlo, por momentos, en algo digerible: 'Pues sí, hay que ver qué bien se lo hacen en las escenas corales: me quieren recordar a Daniel Veronese y las de su trouppe, pero ni aún así me sacan del ladrillo'. Y es que hay veces en las que ni los mejores actores del mundo -y estos eran muy buenos- pueden ser capaces de levantar un muerto, eso que se llama un plomo de libreto.
Anabel Alonso estuvo irregular, luchando a brazo partido hasta con el mobiliario de Ikea del decorado, que quería ser de los años 50 del pasado siglo pero que seguía siendo de Ikea: otro pestiño tal que el propio decorado: un amarillo homenaje a la yema de un huevo, qué espanto.
En fin, señoras y señores, que este 29 Festival de Teatro, y por lo que venimos padeciendo, parece tener la intención de convencer a los aficionados a que opten por el karaoke y se olviden para siempre del Teatro. Una pena, Michelena, otra vez con cancioncitas, qué moderno, para matar el sopor. Y ni con eso.
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