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RSS | ed. impresa | Regístrate | Martes, 22 mayo 2012

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TRIBUNA

El autor valora de manera muy positiva el Premio Cruz Campo de pintura, cuyas obras están expuestas en el Torreón de Haro.
22.10.08 -

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Una aproximación a la pintura
L a percepción visual constituye el soporte sobre el que se sustenta el trabajo de un pintor. Desde la gestación de una pintura hasta su resultado final, el ojo del pintor se impone como la herramienta más valiosa de todas cuantas dispone. Su incuestionable valor articula el proceso pictórico y ejerce una función determinante sobre otros instrumentos, tales como la destreza manual, el dominio técnico o el conocimiento del oficio. De este modo, puedo afirmar a través de mi experiencia que pintar es, ante todo, ver. Y ver quiere decir cómo se interpretará concretamente en pintura un tema, una idea, un sentimiento o una sensación. El tema que ha originado la creación de todos estos cuadros es el de la hostelería. Establecido desde el origen del certamen, como motivo principal al que debe apuntar el contenido de las obras participantes, este tema se ofrece al espectador como el hilo conductor de la muestra, mientras que para el pintor supone el estímulo que da significado a la obra con la que concursa.
El tema de una pintura, cuando se impone desde el ámbito de un certamen, no tiene necesariamente que determinar una subordinación del pintor ante aquello que pinta. El conjunto heterogéneo de esta exposición es la mejor prueba, tanto para intuir la creatividad de los participantes, como para descubrir la inefable libertad con la que se han expresado.
La presente es una edición brillante, debido a la pluralidad apuntada y, sobre todo, a la calidad de los trabajos seleccionados. Estos dos aspectos fundamentales quedan evidenciados en las diversas formas empleadas en la ejecución de los cuadros. El amplio abanico de planteamientos ofrecidos, se configura como un admirable conjunto en su aproximación a la pintura.
No suele ser habitual encontrar en la convocatoria de un premio de pintura, la ecléctica riqueza de propuestas creativas que hasta el 9 de noviembre permanecerá en el Museo del Torreón de Haro. Dentro de estas variadas actitudes ante la plástica de la pintura, podemos apreciar desde el ejemplo de Cristina del Campo y Maite Ramírez, que la conciben como un ejercicio de síntesis visual, hasta el modelo estereotipado de José Carlos Guerra, Ismael Loperena y Elena Bezunartea, quienes a través de una red caligráfica de parámetros formales, la defienden como un programa de pautas estéticas.
Sabrina Sampere, Pilar Alda y Haritz Muñoz, que trabajan con recursos puramente cromáticos, transforman sus hallazgos visuales en una suerte de intuitivas soluciones pictóricas. Mientras, Agustín Vaquero, Ferri Soler y Paula Rubio se sitúan próximos a una métrica visual formularia -y en algunos casos especulativa-, aunque previsible en su aplicación, no menos eficaz en sus resultados. También encontramos, en la obra de Luís Ángel Baroja y Joaquín Ferrer, una concepción del lenguaje pictórico establecida en un código iconográfico de símbolos que se organizan para cristalizar una imagen.
Las intervenciones de Klaus Ohnsmann y Fernando Galarza parten de un procedimiento digital como base de un método de investigaciones sobre el valor de las imágenes, centrado en la percepción visual de un instante congelado.
Genera interés alternar la obra de Miguel Asensio, Fernando Palacios y Luís Pérez, que dan prioridad a los valores gestuales de la expresión plástica sobre los valores formales de la representación visual, con la de Javier Riaño, ganador en esta edición, y Ohiana Goenaga, que asumen el proceso a la inversa.
Asimismo, observamos el trabajo de Sáez de Vicuña y Carmen Varela, cuyos registros de aplicación, utilizados en clave gráfica, provienen del campo visual del diseño y la ilustración. Gaya Soler y Ángel Luís Iglesias, ofrecen un discurso de la plástica notoriamente descriptivo, asentado en la herencia de la tradición académica; en tanto que Valladolid Carretero y Pedro de Miguel, alejados de una construcción explícitamente objetiva, optan por un concepto directo e inmediato de la ejecución pictórica, con expresivos resultados de atrayente plasticidad que podemos ver también en la dicción visceral de Jaime Zamacola, en la capacidad para sugerir de Jesús Gárika, así como en el incipiente dramatismo de Bárbara Bejarano o el cautivador lirismo de Elena Arroyo, ganadora del 2º premio.
Todo este compendio de tan variados planteamientos artísticos, viene a disipar cualquier duda respecto al peligro que amenaza a concursos de pintura, que como este, con una notable trayectoria, se han consolidado en el panorama nacional de las artes plásticas. Este riesgo sobre el que quiero llamar la atención es el de la estandarización de la pintura y su consecuente vulgarización y empobrecimiento.
Afortunadamente, el equipo de profesionales que me acompaña en la comisión técnica de este certamen, con Mª Teresa Sánchez Trujillano a la cabeza como presidenta del jurado, mantiene viva la ilusión por la pintura, sin concesiones ni coacciones, y atesora el criterio y el rigor necesarios para asegurar la calidad y el prestigio que merecidamente ha alcanzado en nuestro país el Premio Cruzcampo de pintura.
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