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EL REPORTAJE

Detrás de los saltos mortales y el redoble de tambores solo se esconde una vida de trabajo y sacrificio por mantener viva la magia del mayor espectáculo del mundo
24.09.08 -

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El circo es más que la carpa. 72 personas, 36 camiones, 22 caravanas, 10 furgonetas y ocho coches conforman toda una ciudad itinerante que a lo largo de los 365 días del año recorre kilómetros y kilómetros con kilos y kilos de material a cuestas manteniendo vivo, con no pocos altibajos, el otrora considerado mayor espectáculo del mundo. Durante las fiestas de San Mateo, el Gran Circo Holiday, 'el número 1 de los circos', hace escala en Logroño haciendo partícipe a grandes y pequeños de tan peculiar mundo de magia e ilusión. Pero, ¿qué hay detrás de los triples saltos mortales y el redoble de tambores? Trabajo, vocación, sacrificio y sufrimiento fueron y son sus señas de identidad. Ramón Sacristán, de la familia propietaria y uno de los payasos del espectáculo, desvela cómo transcurre parte de la vida después de cada función.
«Esto es un no parar, aquí no hay semana de vacaciones... hay que estar al pie del cañón todos los días del año e incluso te faltan algunos. La del circo es una vida muy dura pero muy bonita pues siempre estás de aquí para allá». Aragón, La Rioja, Navarra, Cantabria y Castilla y León son las Comunidades donde centran su actividad; sin embargo, el 'Holiday' es un circo abierto a todas las posibilidades. Sin descartar nada.
Con sede en la localidad riojana de Alcanadre desde hace años, el circo de Ramón y sus hermanos se ha convertido durante la última década en uno de los 'fijos' de los sanmateos. «Es un espectáculo que sigue llamando la atención, gusta mucho, se lo pasan muy bien y disfrutan como nunca... el problema es que la crisis no hace distinciones y también se está cebando con nosotros», explica Ramón en uno de los escasos huecos que le quedan libre entre función y función.
Descendiente de una familia circense, la de Ramón y los suyos es la sexta generación de una estirpe de artistas provenientes de La Rioja Baja. «Yo nací en el circo: me he criado bajo una carpa», cuenta orgulloso. Debutó con cuatro años sobre la pista y, desde entonces, no ha parado. «Me encantaba todo lo que rodeaba a los faquires y desde chiquitito ya tenía mi propio número caminando sobre cristales», rememora. ¿Te jubilarás en el circo? «Espero», responde al instante.
Ahora, casi tres décadas después, Ramón no asume tantos riesgos. Lleva un tiempo metiéndose en los zapatos de un payaso. «Es el único papel que no puede faltar en un circo; para que te hagas una idea, un circo sin payasos es como una casa sin muebles... también hay que decir que es uno de los roles más difíciles, que no arriesgado, porque hacer reír lo es y mucho». Ramón sostiene que cada pueblo ríe de una manera y lo que puede hacer desternillarse a un andaluz puede quedar en meros fuegos de artificios con un vasco, por poner un ejemplo.
Con una vida nómada donde las haya, la gran familia del 'Holiday' aspira a dejar con la boca abierta «a niños de entre dos y 100 años». Para ello no escatiman en medios. Y es que el circo no es lo que era. «Hemos pasado de un graderío a base de tablas a otro de butacas individuales para que el público esté más cómodo». Hablando de comodidad, ¿tiene domicilio un artista circense? «Casa fija sí, pero nunca estamos... cada cierto tiempo alguien pasa a recoger la correspondencia», comenta. De hecho, «sin ir, ir; ni estar, estar, llevamos cuatro o cinco años».
«A todo se acostumbra uno y ahora es cuando hay más facilidades. Los niños pueden recibir sus clases normalmente -el Ministerio de Educación concede ayudas para que los 'hijos del circo' accedan a una educación itinerante pero reglada- y ello facilita que las familias permanezcamos juntas», asevera. Además, «las caravanas de hoy en día, gracias a Dios, están acondicionadas como cualquier domicilio». ¡Señor, qué tiempos! Si el tatarabuelo levantara la cabeza...
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