Acabada la Guerra de la Independencia y disuelta la partida del guerrillero cerverano, Ignacio Alonso obtuvo el que sería su gran premio por los servicios prestados a la patria y a la Corona. Por decisión del rey Fernando VII, el hasta entonces mote de Cuevillas -posiblemente heredado por vía paterna como descendiente la familia del municipio soriano de La Cueva- quedó unido a su primer apellido, pasando a partir de entonces a ser Ignacio Alonso de Cuevillas.
Los primeros años del reinado de Fernando VII los pasó Cuevillas al frente de los Resguardos de Burgos y de Palencia, viendo como muchos militares de los que con él habían peleado partían al exilio o morían fusilados tras protagonizar levantamientos y asonadas de carácter antiabsolutista y proliberal. Su tranquilo retiro se vio roto, sin embargo, a partir de 1820 y de forma más evidente al año siguiente cuando fue retirado de su empleo. Esta circunstancia y su ideología anticonstitucional hicieron que Cuevillas no dudase en volver a coger las armas como consecuencia del «ultraje que observó se hacía de la sagrada Persona y Soberanía de V. M. [Fernando VII] y de la religión» y con el objetivo de «trastornar dicho sistema [el liberal] y reponer a V. M. en el pleno goce de los derechos de su Soberanía». El triunfo de la revuelta de Riego le había situado enfrente del Gobierno constitucional y en favor de la conspiración absolutista inspirada por el propio rey felón.
Comandante general
El paso a la acción tuvo lugar en mayo de 1822, una vez que la regencia de Urgel le nombró comandante general de La Rioja y Merindades de Castilla, logrando levantar a más de dos mil quinientos hombres dispuestos a luchar contra los gobiernos nacidos dentro del posteriormente denominado Trienio Constitucional. Entre sus acciones destaca sobre todo la habida en Estella en el mes de octubre de ese mismo año de 1822. Un año después, y tras la entrada en España de la fuerza europea Cien Mil Hijos de San Luis con el objetivo de derrocar el sistema constitucional, Cuevillas fue destinado al mando de la Segunda Brigada de la división de Vascongadas, a cuyo frente estaba el general Vicente Quesada y al cual siguió, en compañía de sus hijos Ignacio e Hilario, de norte a sur de la península hasta que, derrotados los liberales, se ordenó la disolución de las tropas absolutistas.
Gobernador, juez, brigadier...
Repuesto Fernando VII en su soberanía, y a lo largo de la llamada por los liberales 'década ominosa', Ignacio Alonso Cuevillas desempeñó varios puestos de relevancia. En 1823 fue nombrado gobernador de Burgos y un año después juez de Contrabandos y comandante de las Armas de Bilbao. Ya en 1825 fue ascendido a la categoría de brigadier de Infantería y se le concedió el Escudo de Fidelidad de primera categoría, condecoración con la que Fernando VII recompensaba en grado heroico y eminente a los defensores de la Religión y el Trono. Fueron las tierras vizcaínas las elegidas por Ignacio Alonso de Cuevillas para pasar sus últimos años de vida. Un retiro que fue apacible al menos hasta agosto de 1833, cuando se conoció la muerte de Fernando VII y su primogénito se alzó en armas para defender la candidatura del infante don Carlos. ¿Hizo lo mismo el padre? ¿Tomó nuevamente las armas o esperó resignadamente su hora? La respuesta forma parte de la leyenda, la leyenda que siempre envuelve a los guerrilleros.