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13.09.08 -

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P uede ser el verano, el cambio climático o que tenemos más tiempo para perder en vacaciones, pero, hay que ver lo que va dand o de sí el asunto del Santiago de Nieva. Si alguien más lo relacionara con la Inquisición o con la cuestión de las brujas, creo que habríamos cubierto ya todas las posibilidades de tópicos que habitualmente se manejan cuando hay que culpabilizar de algo a la Iglesia o sus instituciones. Es curioso que una institución que durante sus primeros trescientos años de vida tuvo que soportar las persecuciones más radicales y violentas, y sus miembros los tormentos más «imaginativos» por parte de los hombres, hoy pueda ser tachada de violenta o de incitadora a la violencia.
La espada es un símbolo iconográfico muy extendido entre el arte cristiano. La lleva san Pablo, san Elías, santa Catalina de Alejandría, san Miguel Arcángel, san Marcelo, san Martín de Tours, san Rosendo, santa Engracia, santa Juana de Arco, Judit, santa Juliana, santa Teodora. E incluso la Virtud de la Justicia, por no citar también a los llamados santos-soldado o caballeros.
Porque la espada es el signo de la lucha interior del hombre contra el mal y su defensa a ultranza de la fe. San Miguel derrota al diablo y el artista lo representa luchando con una espada, quizá más fácil de representar este objeto que otro para indicar este acto. San Pablo, el apóstol cuya predicación es incisiva y provocadora, tiene como arma la espada de la palabra que corta y es capaz de penetrar; y por eso se le representa con una espada. Santa Catalina, símbolo de la victoria de la inteligencia sobre la fuerza (cabeza de rey o moro a sus pies) tiene una espada (la espada de la palabra) porque vence con su fe e inteligencia a quien quiere arrebatarle sus creencias y su virginidad. San Elías, lleva una espada amenazadora en llamas porque es quien denuncia los defectos de su pueblo (el pueblo de Dios) y anuncia su destrucción si no se arrepiente de sus pecados.
Santiago tiene varios modos de representarse; unas veces aparece como apóstol, otras como peregrino, otras como hombre fatigado por la predicación incansable en la península Ibérica; y, en algunos casos, sobre su caballo blanco y blandiendo una espada, figura a la que popularmente se ha denominado como «Santiago Matamoros», aunque en realidad lo que representa simbólicamente es el episodio de la batalla de Clavijo, donde el apóstol acaba siendo el detonante y aglutinante de la primera e importante batalla de los reyes cristianos contra el Islam; el grito de «Santiago y cierra España», es, sin duda, el mejor exponente de esa realidad. Lo mismo ocurrirá con san Millán en la batalla de Hacinas (también en caballo blanco y con espada) o san Raimundo de Fitero en la batalla de Alarcos (con idéntica iconografía que los anteriores). Son personajes que se convierten en símbolos para un pueblo que desea su libertad y su fe, y los santos acaban siendo el elemento común que les aglutina y da fuerza para emprender tal empresa.
El hecho de que Santiago lleve una espada, por tanto, quiere significar no que el apóstol luchara físicamente contra los moros, sino la unidad y la victoria del cristianismo; y las cabezas cortadas o los moros a sus pies, el triunfo del cristianismo sobre quienes habían desintegrado la «Christianitas» con su invasión, o, dicho de otro modo, sobre quienes habían destruido con su intrusión el mundo cristiano. Pero nunca un acto xenófobo, ni anticristiano, ni signo de violencia, ni ánimo a la misma, ni otras peregrinas interpretaciones. Se trata de representar un hecho histórico y su símbolo; y toda explicación que pase de ahí o son complejos o, sencillamente, mera ignorancia.
Sería triste que en pleno siglo XXI, y en aras de un falso y aprovechado pacifismo, dejáramos como herencia a los siglos venideros no la verdadera tradición de Santiago y su influencia en nuestra historia y nuestras costumbres, sino las imágenes mutiladas del santo.
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