La fructífera relación entre el cine francés y el actor español Sergi López prosigue con Parc, la película que el catalán presentó ayer en Venecia y que, dirigida por Arnaud des Pallières, hurga con saña en las miserias de la sociedad burguesa.
De hecho, Georges, el papel que interpreta López, bien podría ser una víctima del personaje que le reportó el Premio del Cine Europeo, Harry, un amigo que os quiere (2000), pero esta vez sufre las perversidades de Paul Hammer, el pausado desequilibrado a quien da vida Jean-Marc Barr.
«Me gustaría que sucediera más a menudo que guiones como este llegaran a mis manos, porque cuenta cosas de hoy y te remueve por dentro», explicó el actor en rueda de prensa y desafiando a las malas críticas que ha cosechado el filme entre la prensa especializada, que la han tachado de pretenciosa y vacía.
Parc se basa en la novela Bullet Park, del estadounidense John Cheever, y, según López, la película capta «la americanización de la burguesía europea».
Una tragedia
Rachel getting married, la película del director Jonathan Demme proyectada ayer en concurso en la Mostra y con Anne Hathaway como protagonista, ha mostrado que las corrientes cinematográficas no fluyen sólo desde Estados Unidos hacia Europa, sino también al contrario.
La película enseña los preparativos y la celebración de la boda de Rachel, a quien da vida Rosemarie DeWitt, cuya hermana Kym, interpretada por Hathaway, acaba de abandonar un centro de rehabilitación para drogadictos.
Todos los demonios familiares de la relación entre las hermanas, entre los padres y entre padres e hijos, nacidos a partir de una tragedia, se desatan durante los preparativos y la celebración de la boda, en muchas ocasiones en presencia de los invitados.
Por otra parte, se esperaba a la polifacética artista belga Agnès Varda, que deslumbró ayer fuera de concurso en la Mostra de Venecia con Les plages d'Agnès, mucho más que un documental sobre su propia trayectoria vital en el que, por encima de su pericia para crear cine, emociona su saber hacer para la vida. A sus 80 años, Varda se ha celebrado a sí misma en su última película, culminando la etapa documental que, gracias a títulos como Los espigadores y la espigadora (2000), le ha restituido un prestigio internacional que se inició en los tiempos de la «nouvelle vague».