Angustiados por la falta de información, decenas de familiares de las víctimas, padres, abuelos y otros parientes llegaron al aeropuerto de Gando, en Las Palmas, nada más conocer el suceso. Allí, el personal de las instalaciones y un equipo de psicólogos recluían a los recién llegados en dos salas habilitadas que, horas más tarde, cuando la desesperanza ya cundía y los rostros comenzaban a desencajarse, se quedaron pequeñas ante la avalancha de personas.
Reclinada en una pared, con cara de sorpresa, Consuelo Cabrera, vecina de Santa Lucía de Tirajana, aún no salía de su asombro. Su nieto, Marcos Suárez, de 22 años, que iba acompañado de su novia, había telefoneado en torno a las 13.30 horas desde el avión de Spanair para decirle que la aeronave se acababa de detener en la pista tras realizar un giro irregular al intentar despegar y que llegaría tarde a casa. «Abuela, el avión ha tenido un problema, llegaremos tarde. Ahora estamos aguardando a si nos cambian el avión o no». Consuelo aún recordaba las palabras de su nieto con la confianza de que hubiera cogido otro avión, aunque todo hacía indicar lo contrario. «Es lo más angustioso, la falta de información», se quejaba el vicepresidente de Canarias, el popular José Manuel Soria, uno de los primeros políticos en aparecer en Gando.
Con el paso de la tarde se empezaron a conocer, a través de familiares y amigos, los nombres de algunas viajeros de Spanair, presumiblemente ocupado en su mayoría por canarios. Entre ellos, Laudencio García, concejal de Cultura de San Bartolomé de Tirajana, y toda su familia; Fayna Fonda, de 30 años, séptima en la lista socialista de esa localidad en las últimas elecciones o la médica militar Loreto González Cabanas, que iba a acompañada de su hija.
Viaje a Madrid
Con tan pocas referencias, el miedo de los familiares a que alguien pudiera confirmar el nombre de sus parientes en la lista de muertos crecía según pasaban las horas. Y alguno no encontraba consuelo ni en las palabras de esperanza de los psicólogos ni en el hombro de los curas que se acercaron al aeropuerto. Las únicas expresiones de alegría fueron las de una madre que, tras llegar con cara de circunstancias, comprobó que al final sus hijas, de 13 y 14 años, no llegaron a coger el avión.
Sin embargo, las notas más comunes eran el enfado y las protestas, que crecían conforme pasaba la tarde al conocer que Spanair sólo ofrecería información a los familiares si se desplazaban a Madrid, hacia donde finalmente despegó un avión con allegados de los pasajeros ya entrada la noche.
Allí, en el recinto ferial de Ifema concluiría la larga espera para la mayoría. La más dura, por otra parte. La de identificar a sus familiares y, en el mejor de los casos, la de saber si alguna víctima se encontraba herida en algún hospital madrileño. Eso quería decir que ese familar estaba vivo.