Durante décadas, su bajo perfil político le ha confinado a un segundo plano en la política norteafricana. Los regímenes dictatoriales, asentados sobre golpes militares, se han sucedido en Nuakchott sin grandes alharacas, a pesar de que la represión gubernamental ha provocado el exilio de unos 200.000 habitantes. Mauritania es un país joven, conocido por ser paso del fenecido rally París-Dakar y también se antoja, según algunos recientes atentados y detenciones, como un nuevo territorio de operaciones para el grupo Salafista para la Predicación y el Combate, organización terrorista decidida a expandirse desde sus bases en Marruecos y, sobre todo, Argelia.
Cuando el país obtuvo la independencia, la mayoría de su población, de origen bereber y árabe, apegada a sus ancestrales tradiciones, la esclavitud aún era legal y apenas existían asentamientos urbanos de relieve más allá de Nuakchott, la capital, y Nuadibú, su puerto comercial. Desde entonces, la influencia política del vecino del norte ha sido decisiva y, tras superar el peligro de anexión, ha constituido un referente en su política exterior. Compartió con Rabat la pretensión de reparto del Sahara español hasta su renuncia formal y la firma de acuerdos de paz con el Frente Polisario en 1979.
Entonces, los problemas internos acuciaban. La administración contaba con una presencia numerosa de los pueblos meridionales, los fulani y soninke, étnicamente negros, en buena parte francófonos y con un cierto nivel cultural, a menudo recién llegados desde la otra ribera del Senegal. También existía otro colectivo de similares características culturales, originario de zonas rurales donde la segregación era notoria, sufrían la discriminación y permanecían en condiciones de semicautividad.
Frente a esta creciente presencia, la mayoría magrebí apostó por la arabización de la vida oficial. La polarización, relativamente similar a la provocada en otros estados del Sahel, dio lugar a graves enfrentamientos intercomunitarios que se saldaron con un pacto por la integración nunca definitivamente realizada.
Política de inversiones
La adquisición de un nuevo estatus se halla ligada a su posición privilegiada en la ruta de los cayucos y a la convicción de que este inmenso desierto alberga importantes recursos minerales y energéticos. La explotación de su bancos pesqueros, la exportación de hierro y la venta del petróleo del yacimiento de Chinguetti han favorecido una política de inversiones destinadas a la infraestructura y la creación de un mínimo tejido industrial. Pero esto no ha favorecido a la ciudadanía, con una cuarta parte por debajo del umbral de la pobreza.
Los cambios democráticos generaron esperanza de modernización. Pero la subida de los salarios, la implantación de programas contra el paro y el analfabetismo no han conseguido la adhesión popular hacia el gobierno reformista.