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RSS | ed. impresa | Regístrate | 10 julio 2009

Sociedad

ANÁLISIS IGLESIA

20.07.08 -

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Les cuento. Un paseo en bicicleta es una gozada. Delibes -a la lectura de sus libros debo mi afición impenitente por ver las perdices, que no cazarlas- decía que no hay nada más gratificante que una marcha en bici, rematada con un breve chapuzón en la piscina. Estoy absolutamente de acuerdo con semejante aseveración. El gran maestro de la pluma, y enamorado del deporte al aire libre, calificaba de fruitivo al ejercicio bicicletero, modesto donde los haya y al alcance de todos. Y es verdad. Pocas cosas producen tanto gozo como el pedaleo pausado -no hay porqué ir con el bofe en la boca-, de forma que se pueda simultanear con la contemplación del paisaje, la oración, el hacer planes de trabajo
Pero voy a lo siguiente. Ahora en verano, lo estupendo de la bicicleta está fuera de ella misma. Subir hasta Sorzano y refrescarse en la fuente del antiguo lavadero alcanza cotas que acercan a la felicidad. ¡Qué dos chorros de agua fresca, abundante, limpia! Se puede repetir la operación en Sojuela. Asimismo, en Albelda, junto al antiguo colegio Seminario de los escolapios. Y ya, muy cerca de casa, en Alberite. Pero la repera de la fruición llega en la piscina de los maristas. Dos largos de piscina, y me vuelvo a casa dando gracias a Dios por lo hermoso que es vivir.
Vaya ahora, mis amigos lectores, la pequeña confidencia que da pie a este escrito, aparentemente desenfadado. Siempre que me refresco en las fuentes y siempre que me zambullo en la piscina, de manera casi obsesiva, se me va la imaginación, el recuerdo, la mente, o lo que sea, a esos miles y miles -millones más bien- de hombres y mujeres, de niños sobre todo, que pasan sed, que sufren con la sed, que se mueren de sed. Mi madre, mujer juiciosa donde las hubiere, cuando yo le decía que tenía sed, invariablemente me respondía: «Hijo, sed que se ha de apagar no es sed». La verdad es que ella este juicio lo aplicaba más veces al hambre, pero la sed es peor.
Llevo un cierto tiempo echando una mano, más bien modesta, en algunos planes de Cáritas, Manos Unidas y algunas ONGs riojanas, planes que tienen que ver con el agua. Prospección de pozos, canalización y cosas así. Hace muy pocos días, un buen cura riojano que lleva muchos años trabajando de misionero en Zimbabwe, solicitaba ayuda para abrir un pozo. ¿Razón? Sencilla y tremenda. La gente del poblado -no viene al caso el nombre del mismo- ha de ir a por agua a diez kilómetros. Veamos. Un servidor de ustedes, de niño, en mi pueblo y en los pueblos en los que he vivido con mis padres, mis hermanos, mis hermanas y yo, todos los días cogíamos los cántaros y el botijo -¡qué gran invento ha sido el botijo!- y bajábamos a la fuente. No había grifos, no había agua corriente. De vuelta a casa -¡con qué salero llevaba mi hermana la mayor el cántaro en la cabeza!- íbamos un tanto doblados por el peso y la incomodidad de los recipientes. Y eso que la fuente estaba dentro del pueblo. ¿Qué tienen que ser diez kilómetros con dos vasijas en brazos, en la cabeza o a la espalda? Diez kilómetros es la distancia que hay de Logroño a Fuenmayor o a Agoncillo. Diez kilómetros es la distancia olímpica por excelencia. Miles y miles de mujeres y de niños han de recorrerla ¡todos los días! si quieren beber. Y a menudo, qué agua, Dios mío, cenaco puro.
Recuerdo qué rato tan delicioso pasé con mi madre viendo la película
Los dioses deben estar locos
. Todo el relato es muy simpático. Pero hay una escena sencillamente irrepetible. Y es cuando el más pequeñajo de los dos hermanos se cae de cabeza al agua del camión cisterna. ¡Nunca en su vida había visto tanta agua junta!
La verdad es que nos están enviando mensajes por todos los sitios sobre la sostenibilidad del agua. Unos amenazadores, otros ejemplarizantes. Cada cual ha de quedarse con lo mejor. El último que yo he recibido ha sido el de la Expo de Zaragoza.
Me dice la secretaria de nuestro Tribunal diocesano, mujer muy ocupada y que saca tiempo para trabajar en Manos Unidas, que hoy por hoy el mundo africano tiene dos grandes problemas, a cual más acuciante. Uno es la formación de la mujer: el futuro del continente negro pasa por la formación de la mujer, de lo contrario, no hay nada que hacer y nada en que esperar. Y el otro es el agua. El H2O. Eso que aquí no valoramos debidamente porque nos parece lo más normal que dando al grifo caiga un chorro de agua con la que ducharnos, refrescarnos, lavarnos, pero sobre todo beber. ¡BEBER!
Cuando tengo sed, invariablemente me viene a la memoria el recuerdo evangélico del nazareno en la cruz, en el Gólgota, exprimido por la pérdida de sangre y por la fiebre: "Tengo sed". No le permitieron aplacarla. ¿La aplacaremos tú y yo en tantos millones de muertos de sed?
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