
Pero no pretendo profundizar ahora en los vacíos y omisiones de la gestión del gobierno socialista. Esperemos a los cien días de rigor, para saber por dónde va a salir: si va a continuar con su zigzagueante gestión de la anterior legislatura, o si van a descubrir el mediterráneo en esta nueva encomienda, que tan cuesta arriba la van a tener y, en general, la vamos a tener todos los españolitos y forasteros. Si responden a las necesidades socioeconómicas de nuestro pueblo, con gusto devolveremos las mayúsculas a su centenaria sigla. Ahora quisiera centrarme, a título de reflexión personal, de periodista con alguna experiencia, en el proceder/inactividad del partido de la oposición, al llamado «gobierno en la sombra», cuya gestión de control es tan importante y necesaria como la del «gobierno mandatario».
Podría pensarse que también es pronto para un análisis en profundidad, pero dime cómo empiezas y te diré cómo vas a terminar, o al menos a qué paso y ritmo vas a caminar. En lo que parecen coincidir los politólogos es que, en estos momentos cruciales para marcar un «mapa de ruta», el pp está perdiendo sus mayúsculas: la 'P' de pureza e integridad de sus bases y principios ideológicos, que lo han convertido en uno de los grandes partidos de la nación; y la 'P' de potencia y pugilato, que en las tres legislaturas anteriores le hicieron ser respetado y votado al menos por la mitad de los españoles.
Porque, por mucho que se haya acusado a la oposición popular de «crispación», fue una postura firme, enérgica, clara y contundente contra los desvíos de los gestores gubernamentales en materias de Estado: unidad nacional, terrorismo y nacionalismo independentista; economía del ciudadano medio; Justicia en sus más altas instancias; sagrada educación/patrimonio familiar (¿quién apoyará a los miles de objetores de conciencia?); derechos y ayudas a la familia; defensa de la vida desde que se nace hasta que se muere, etc. Aquel PP, consistente y convencido de sus cimientos y sus programas, fue al que, en las últimas elecciones, le fueron fieles sus afiliados y simpatizantes. ¿Que, a pesar de ello, no ganó ? De acuerdo, pero no sería porque se estaba en contra de la oposición ejercida y de su actitud leal con los principios que le han hecho sólido como el partido del centroderecha español, sino por errores en sus tácticas electorales en regiones tan influyentes como Cataluña y País Vasco. Estas dos «espinas» del nacionalismo más radical es una asignatura pendiente para quien defiende razones tan fundamentales y constitucionales como el Estado basado en la unidad, la libertad, la subsidiariedad territorial, la educación imparcial, como mínimo, y cuantos valores definen al Humanismo-Cristiano (patrimonio de un partido liberal de centro derecha), como la defensa de la vida, la familia, la caridad/solidaridad, etc.
Por eso, por la nube, gris y revuelta, que rodea al actual comportamiento de los responsables del 'pp' en esta apagada fase postelectoral, se preguntan los interesados en su resurgimiento, porqué no se hace «notar» al menos como en la legislatura anterior, aunque los otros sigan hablando de crispación. Lo que no es óbice, por supuesto, para llegar a pactos o consensos en esos valores que siempre han sido básicos en la ideología y comportamiento sociopolítico del 'pp', por el bien común de todos los españoles de alma y corazón. No se puede disimular tampoco la novísima configuración del 'pp', que está sufriendo una evidente «descapitalización» de políticos reconocidos en anteriores etapas, a los que no cabe culpar de una derrota electoral, que se origina en otros desaciertos estratégicos. No se trata de negar méritos a los «nuevos» valores del cesto de dirigentes en los que Rajoy está poniendo todos los huevos, habrá que concederles un tiempo más. Pero no por rejuvenecer el partido (cosa laudable y prometedora) se tiene que echar al trastero, o aburrir, a quienes fueron el esqueleto del partido y están todavía en fase y espíritu de prometer. Está a tiempo, por supuesto, para recuperar las mayúsculas que han venido definiéndole, con orgullo y más éxitos que insatisfacciones, por culpa éstas últimas más bien de las argucias de los contrarios. Ya es hora de abordar las cuestiones puntuales (sobre todo las que agobian al ciudadano de a pie), y no esperar al Congreso, al que seguirá inevitablemente el vacío verano. Sus millones de afiliados y simpatizantes confían (¿ya!) en volverle a definir como Partido Popular, es decir con mayúsculas, cuanto más grandes mucho mejor. Sin recatos, reticencias, y mucho menos amedrentamiento, sino con 'Pureza' de ideas y 'Potencia' de actitud.





