
Después, la gloria para el portero holandés y Alex Ferguson (10 Ligas y 2 Copas de Europa) y una tristeza inmensa para el central inglés, consolado por todos sus compañeros.
Fue el final de un partido previsible. Alex Ferguson y Avram Grant no sufrieron ningún síndrome del llamado 'ataque de entrenador'. Esta enfermedad temporal se produce cuando a los técnicos les da por inventar algo en los momentos decisivos, como finales de la Liga de Campeones.
Tévez, Rooney y Ronaldo merodeaban por el área, pero no remataban bien atados por la defensa. Hasta que Essien se comió un centro de Brown. Ronaldo realizó un cabezazo de libro y adelantó a su equipo.
El tanto no alteró los planes de Grant. Sus hombres buscaron el empate, que llegó al más puro estilo 'chelseaiano'. Essien disparó en busca de la redención tras su error; el balón golpeó en dos defensas, Van der Sar se resbaló al ir a por el balón y el rechace lo recoge el más listo de la clase. Frank Lampard señalaba al cielo para dedicárselo a su madre fallecida.
El gol de Lampard fue una inyección de moral porque sus compañeros comenzaron a creerse que podían ganar, que tenían posibilidades de fastidiar el doblete del United. A pesar del domino, el Chelsea no culminaba. Los dos entrenadores veían que el partido se iba a la prórroga y aguantaron los cambios.
Trifulca final, que nació de una tontería (una devolución del balón) y acabó con Drogba expulsado. Desde ese momento, el Chelsea buscó los penaltis. Los encontróy el Manchester United ganó.





