Lo normal, por ejemplo, cuando una pareja ya no se soporta, es separarse. Con una salvedad: si ella es una Infanta de España no hay tal separación sino «un cese temporal de la convivencia matrimonial».
Lo normal, cuando la economía se frena en seco, se destruye empleo, los precios apenas logran sujetarse y las previsiones de crecimiento se revisan a la baja varias veces en menos de dos meses es que se reconozca que se ha entrado en una «crisis». Pues no señor. Antes se hablará de «desaceleración», de «inestabilidad», de «incertidumbre» o de «ajuste». En esta delicada materia, la ecuación inversa a seguir es muy sencilla: cuanto más agudo sea el descalabro, más suave deberá ser el término con el que tratar de minimizarlo.
Lo normal, cuando las autoridades toleran el pago de un rescate por la liberación de un secuestrado, miran cobardes al cielo al tiempo que silban y no persiguen a los delincuentes es que se admita que ha habido una vergonzosa «claudicación». Ni por asomo. Si el secuestrado ha recuperado su libertad habrá obedecido a «intensas gestiones políticas y diplomáticas».
Y, por ir finalizando, lo normal, cuando una persona es sometida a un inhumano placaje por los medios tele-rosas (hasta el punto de cambiar varias veces de domicilio), sólo por el hecho de ser la hermana de la futura Reina de España es que se hable de «acoso». Ingenua. Habrá que darle a la situación la vuelta de tuerca oportuna y esgrimir la «libertad de expresión». Que queda como estupendo aun para sonrojo de la profesión.











