Le ofrezco como ejemplo un titular de esta misma semana: el 94% de los niños riojanos de Infantil se escolarizará en el centro elegido por los padres. Pues no es así. O al menos no sucede estrictamente así en los 3.000 casos de los otros tantos mocetes cuyos progenitores, antes de cerrarse el plazo, han pasado por el trance de peregrinar de colegio en colegio preguntando, suplicando, qué posibilidades reales tienen de entrar porque de lo contrario pueden acabar rebotados en la otra punta de la ciudad.
En unos centros (los cada vez más demandados y exclusivos) ya les dijeron que no de antemano si no traían un buen puñado de puntos extra. En otros (los que a este paso corren el riesgo de convertirse en guetos), les abrieron las puertas de par en par y sólo acudieron a la llamada inmigrantes y devotos de la escuela pública. En esas, el colegio que se señala como primera opción en las solicitudes no suele ser el que los padres desean, como dice el titular del periódico. Ni siquiera el que tengan cerca de su domicilio o en el que más confían porque les gusta sus métodos de enseñanza o el color del uniforme que imponen. La mayoría opta por aquel que, al menos, les garantiza que el chaval pueda acceder con seguridad en vez de jugar a la ruleta del destierro si la demanda ese curso supera la oferta del centro.
Antes de que la Educación se desgajara en clases, se escogía un colegio para el niño. Ahora, como dice mi compañero de pupitre -perdón, de redacción- es el colegio el que elige al niño.












