De un lado, las críticas de quienes consideran esa clase de investigaciones como el primer paso hacia los «bebés a la carta». Es decir, la posibilidad de modificar genéticamente los embriones para tener hijos con determinadas características. De otro, los que defienden la utilidad de esta clase de investigaciones en la lucha contra numerosas enfermedades, que podrían empezar así a combatirse desde sus fases iniciales.
Los científicos de Cornell colocaron en una célula embrionaria un gen que hace que las células brillen en la oscuridad. De forma que el embrión modificado llevaba tres juegos de cromosomas en lugar de dos. Se trataba de comprobar si las células, al dividirse, eran capaces de transmitir esa información genética a las células hijas. De hecho, eso fue exactamente lo que ocurrió. Después de dividirse durante tres días, todas las células del embrión brillaban.
Se quería comprobar si el marcador fluorescente incluido de forma artificial era capaz de ser «heredado» por las células hijas, permitiendo así el seguimiento de los cambios genéticos ocurridos tras cada división. Una característica que, de demostrarse, podría aplicarse de inmediato al modo en que se transmiten muchas enfermedades.





