
- Lo primero es preguntarle dónde para su vena poética, ya que últimamente le conocemos más como historiador gastronómico y lingüístico.
- Probablemente la poesía es, sin querer ponerme pretencioso, «esa gracia que no quiso darme el cielo», pero la persigo, aunque ella me compromete a mí menos a menudo. Tengo que reunir una colección de epigramas que he titulado El vigor tigre de la caballa y que tienen un tono moralizante y obsceno muy digno de estos tiempos, y de otros mejores.
- Leyendo Chascarrillos... se descubre que no sólo ahora se habla peor, también con menos ingenio. ¿Por qué?
- Porque no se lee y no se escucha. No voy a insistir en lo de no leer, que es un hecho, pero, por ejemplo, en algunas series de televisión los diálogos son chispeantes, pero tampoco se imitan. A leer y a escribir se aprende leyendo y escribiendo, e imitando. Lo del ingenio depende de algo que se aprende con la edad y que tal vez tiene que ver con el sentido individual del humor, como la ironía. El mío es un tanto negro, pero suavizado por la moral y las buenas maneras. Y no sé si se habla peor o simplemente se habla por hablar y no se para de hablar. En La Rioja a alguien que es idiota, lo llamamos, con piedad, «sinsustancia».
-¿Qué aportan de nuevo la modernización de Chascarrillos...?
- Propiamente no he hecho correcciones, sino que he evitado algunos errores. Las mejoras consisten en abrir un glosario manual de voces en el que se comentan algunas palabras poco comunes y se proponen algunas actividades complementarias con el objeto de que los escolares se puedan entretener, y sus profesores también se diviertan. Hay que cuidar más al profesor y menos al alumno. Y una bibliografía básica, que faltaba en la primera edición, es como la guinda en el pastel, ¿no? Por tanto, la aportación es básicamente pedagógica y elevar el tono del buen humor. Lo de siempre: instruir deleitando.
Dialecto riojano
- ¿Se puede afirmar, con este libro en la mano, que si La Rioja no tiene un lenguaje propio, al menos tiene un lenguaje peculiar?
- La Rioja tiene su propio dialecto, que estudió el profesor Alvar, y además se puede identificar con un modo de ser que a mí me va pareciendo que es el propio de la ribera del Ebro y que es de transición entre Castilla y Aragón, y desde luego menos local de lo que parece. Pero lo definitivo es cultural, gastronómica, lingüística y folclóricamente la ribera del río.
- Muchos de estos decires nacen de la aversión entre vecinos de pueblos colindantes. ¿Ha perdido el habla su condición de arma arrojadiza?
- Yo no me he dedicado a comentar ni cultivar esos «dictados tópicos», que es como se llaman; pero, sí, la rivalidad entre pueblos es algo que está muy presente en la Paremiología, aunque no es lo más interesante. En el caso de los dichos riojanos abunda más lo directamente escatológico o lo directamente obsceno. Es nuestra tradición.
- ¿Cuál es su dicho favorito y cuál le costó más descubrir su origen?
- El favorito es «No tener el coño para ruidos», para cuya interpretación hay que comprar el libro. Me encanta también, por esa lucidez y defensa de la pereza: «Aquí me he ganado las ocho horas». Y es muy divertido aquel de «La madrugada del cabrero, que le daba el sol en los cojones y creía que era un lucero». Este era difícil de comentar e interpretar, como aquel de la «Marrana once tetas, que iba a caballo y gruñía».











