Por primera vez desde 1990, estaban convocados 24 de los 57 millones de birmanos, excepto los 400.000 monjes budistas, vetados de la política después de que en septiembre del año pasado protagonizaran la 'revuelta azafrán', y los residentes de las zonas afectadas por el ciclón, que tendrán que votar el día 24. Pero, para que no ocurriera lo mismo que hace dieciocho años, cuando el Ejército invalidó la victoria electoral de la líder opositora Aung San Suu Kyi, esta consulta popular no ha sido más que una farsa para perpetuar a la Junta Militar en el poder. El Gobierno del general Than Shwe, que dirige con mano de hierro el país desde 1988, ha 'vendido' la votación como su 'hoja de ruta' a la democracia y ha prometido elecciones libres en 2010, pero la oposición ha criticado las escasas garantías de este referéndum.
Cuota militar fija
La nueva Carta Magna reserva un 25% de los escaños del Parlamento a los militares, que estarán legitimados para hacerse con el poder en caso de emergencia. Además, la Premio Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi, confinada bajo arresto domiciliario durante doce de los últimos dieciocho años, no podrá ocupar ningún cargo público. Aunque la mayoría de los birmanos detestan a la Junta Militar, que los ha hundido en la miseria y ha anulado sus libertades, pocos se atrevieron a decir 'no'.
Desde hace varios días, el Gobierno ha hecho campaña e incluso ha prestado más atención al referéndum que a los devastadores efectos del 'Nargis', que se ha cobrado más de 100.000 muertos y desaparecidos y ha dejado a entre 1,5 y 2 millones de personas sin hogar. En el referéndum de ayer no resultó tan fácil oponerse a la Junta Militar porque, en el colegio de Mawbe al que acudió EL CORREO, no había cabinas con cortinillas para garantizar el voto secreto de los electores. «Hay dos mesas con papeletas, las del 'sí' y las del 'no', y tienes que coger una de ellas a la vista de todo el mundo, por lo que no hay oportunidad de rechazar la Constitución», explicó una anciana que prefirió no dar su nombre por miedo a represalias.
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Curiosamente, varias fotografías distribuidas por las agencias internacionales pero realizadas por la agencia china Xinhua mostraban a los votantes junto a cabinas con cortinas, lo que suena a ejercicio propagandístico más que a muestra de la realidad. «Me han dicho que, si elijo el 'no', voy a tener problemas», espetó otro hombre que, nervioso y agachando la cabeza, salió corriendo para que la Policía no lo viera hablando con un extranjero cerca del colegio.
«Vamos, vamos, todos a votar antes de que cierren las urnas a las cuatro de la tarde», resonaba mientras tanto en el altavoz. «Vete al infierno», replicaban unos osados jóvenes en una choza contigua donde se sirven tés y cafés, y cuya propietaria, para no escuchar los cantarines llamamientos al voto, puso a todo volumen un concierto de 'hip hop' birmano. «Camino hacia adelante e intentan detenerme en cada cruce, pero yo sigo caminando hacia adelante y nadie me detendrá», decía la letra como una metáfora de la lucha del pueblo birmano por la libertad.
Mientras el resto del país votaba, el delta del río Irrawaddy, al sur, seguía sumido en la desesperación al comprobar que la ayuda humanitaria sólo llega en cuentagotas por las restricciones de la Junta Militar. Después de que la ONU estuviera a punto de suspender sus envíos al ser requisados por el Gobierno, lo último que ha hecho el régimen ha sido colocar el nombre de los principales generales, entre ellos Than Shwe, en las cajas de alimentos y medicinas enviadas desde el extranjero para presentarse como los salvadores de la catástrofe. Los militares no quieren que en Occidente se vean las imágenes que proceden estos días de Birmania. No se trata de fotografías que desvelan alguna de sus armas secretas ni muestran a los generales que dirigen el país jugando al golf en su ciudad-búnker de Naypyidaw, la nueva capital levantada en plena jungla donde el Gobierno se ha aislado del pueblo. No, nada de eso.
Las instantáneas que censuran reflejan a familias como la de Myang Thuya, quien vive en Dagom Sur, a las afueras de Rangún, y perdió lo poco que tenía cuando, en media hora, su humilde casa de bambú voló por los aires arrastrada por el 'Nargis' el sábado por la mañana. Su historia, y su fotografía, son exactamente iguales a las miles de imágenes procedentes de Birmania que aparecen cada día en los medios de comunicación de todo el mundo, pero que los habitantes de este país no han visto porque los periódicos y la televisión de aquí únicamente muestran a los soldados repartiendo ayuda humanitaria.
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La propaganda de este régimen militar nunca muestra a damnificados como la mujer de Myang Thuya, que ayer cocinaba entre las ruinas de lo que era su hogar mientras los cinco miembros de su familia esperaban impacientes para llenar el estómago. «La única ayuda que hemos recibido esta semana ha sido un poco de arroz y sólo durante dos días, después nada más», explica a EL CORREO Myang Thuya, un joven de 28 años que vivía junto a su mujer, sus tres hijos, su hermana y su madre en una choza de madera que también utilizaba como tienda.
«En medio de la tormenta, el ciclón alcanzó su máxima potencia aquí a las siete y media de la mañana del sábado, y a las ocho nuestra casa ya se había derrumbado», recordó consternado, ya que su establecimiento le daba cada mes unos 90.000 kyats (unos 50 euros) para sacar adelante a su familia.





