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En el día de san Gregorio Ostiense
09.05.08 -

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Soy hijo de un pueblo de Palencia que celebra la fiesta de san Gregorio Ostiense. Estoy afincado en Logroño desde hace varios años y aquí se encuentra mi descendencia, cerca de donde este santo encontró su santa muerte y de donde vivió sus últimos años, en el número 65 de Ruavieja, casa-ermita desaparecida en el año de 1971 (yo conocí su solar). Hoy se encuentra en los bajos de los edificios reconstruidos y sigue siendo la que antes fue la casa del santo protector del campo y exterminador de las plagas malignas.

Investigador de la vida del santo, me llego varias veces al año a su santa basílica, muy cerca de Logroño, en un municipio navarro llamado Sorlada. Fruto de esas visitas conseguí para mi pueblo natal un fragmento de la reliquia de la cabeza de san Gregorio.

Santo riojano puede llamarse con derecho a san Gregorio Ostiense. Aunque natural de Roma, vivió y murió entre nosotros. A Logroño le cabe la gloria de haber sido el lugar desde el que voló al cielo el santo cardenal. Puede decirse que toda la vida conocida del santo tuvo por teatro la tierra riojana.

Es Gregorio Ostiense, cardenal y bibliotecario en la Curia Romana en los días de Juan XVIII. Hacia el año 1035, una terrible plaga de langostas invadió varias regiones de la península. Los pueblos de ribera del Ebro, en Navarra y en La Rioja, fueron los más atacados.

En la humano no había remedio y se volvieron a Dios. Y el Papa Benedicto IX, a quien acudieron en demanda después de tres días de ayuno y rogativas, tuvo inspiración del cielo de que solamente enviando a España a Gregorio hallarían remedio los atemorizados labradores.

Era el año 1039, cuando el insigne cardenal, con 70 años, llegó a La Rioja para librarla de la plaga. La estancia del santo en tierras riojanas fue una verdadera misión. Comenzó su tarea apostólica por Calahorra, donde dispuso de procesiones y rogativas. Al paso de san Gregorio, los campos se vieron libres de la voraz langosta. De Calahorra siguió hacia Logroño, pasando antes por Murillo de Río Leza. Al llegar a la capital el pueblo le esperaba con gran impaciencia y le pedía con lágrimas que les librase de aquella plaga. El santo obispo salió al campo plagado de las insaciables alimañas y, tras conjurarlas en nombre de Dios, desaparecieron. Cinco años después de su llegada a España sufrió fuertes calenturas. Rodeado de sus discípulos, entre los que se encontraba santo Domingo, dejó este mundo el 9 de mayo de 1044.

Quiso san Gregorio prevenir toda disputa sobre la posesión de sus sagrados restos, ya que todos los pueblos querían alegar razones para guardar sus reliquias. La tradición nos dice que por deseo propio se le cargó en el baste de una mula y se la dejó caminar. Y llegó milagrosamente hasta el pico de Peñalba y allí la mula cayó y descargó su santo peso. Y allí, desde entonces, se le venera, que es donde está su basílica.

Hoy sus huesos se guardan y custodian en un arca de plata adornada con motivos de la pasión de Cristo. Su fama se extiende por los cuatro puntos cardinales y hasta Felipe II, dicen, quiso las reliquias para sí. La cabeza de san Gregorio, labrada también en plata, es solicitada y va y viene («Viajas más que la cabeza de San Gregorio») cuando la plaga azota. También es invocada por los sordos (¿será la creencia popular de que la sordera es cosa de un gusano que mora en el oído?), y éstos y los propios pueblos acuden a por un poco de agua salvadora pasada por la cabeza del santo para asperjar los campos y los oídos.

Piadoso Gregorio / escucha el clamor / de un pueblo que implora / tu nombre y favor.

Devotos de este santo, me despido de todos vosotros deseándoos que paséis un feliz día.

Celestino Fernández Donis
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