Mariano Rajoy procedió hace cuatro años a hacer suyo el equipo directivo de José María Aznar sin aportar mayor renovación que la de su propia presencia al frente del partido. Tampoco parece que hubiera inspirado cambios sustanciales en la confección de las listas electorales para el 9 de marzo y, por tanto, en la composición del actual grupo parlamentario. Quizá de ahí derive el desconcierto que viven sectores nada desdeñables de dicho partido, que ven la drástica renovación a la que va procediendo Rajoy, bien sea por propia iniciativa, bien por desistimiento de algunos de sus colaboradores, como un cambio con el que corre el riesgo de prescindir de una parte muy valiosa del capital humano del PP. El hecho de que en el plazo de una semana anuncien su renuncia los dos dirigentes cuya continuidad hace cuatro años generó un gran escepticismo respecto al margen de maniobra de Rajoy al frente del Partido Popular no hubiera suscitado especial inquietud en el seno de dicha formación si, junto a ellos, no se vieran relegadas también otras personas de muy diverso perfil. Mariano Rajoy está adoptando decisiones que corresponden a atribuciones propias del presidente en el PP. Además, todo aquel que quiera cuestionar esas decisiones e impedir las que pudiera tomar en el futuro cuenta con la posibilidad de postularse ante el próximo congreso para liderar a los populares. Pero la legitimidad que asiste a Rajoy no podrá situar a su partido en favorables condiciones de cara a 2012 si no logra disipar las inquietudes internas con fórmulas integradoras a la hora de diseñar la composición de la dirección que surja de dicho congreso.





