Te veo, Cuca Gamarra, plantificada delante de la Casa de las Tetas, criticando con mucha indignación el derribo de ese delicioso pastiche. Te veo, Cuca Gamarra, sorteando como puedes las preguntas de los periodistas («¿pero está o no a favor de que se tire?») y censurando la actuación del actual alcalde y de sus compañeros de viaje, que donde decían digo, ahora, tan campantes, dicen diego. Te veo, Cuca Gamarra, y reconozco que tienes razón en tus críticas; pero también te digo que me hubiera gustado verte tan digna, tan solemne, tan Juana de Arco, cuando el anterior ayuntamiento (en el que tú eras concejal con mando en plaza) se dedicaba a tirar con puntualidad y sin miramientos todo lo que oliera a viejo, a antiguo, a historia. ¿Ay, Cuca amiga, que bien nos habrías venido si con tu recién adquirida fe conservacionista hubieras salvado de la piqueta aquel torreón y aquella muralla medieval que aparecieron, como un regalo inesperado, junto al Ebro, justo donde hoy existe un túnel y una carretera y una rotonda!
Ahora -lo confieso- estoy despistado. Los del PP se han vuelto de pronto amantes de lo antiguo; y los del PSOE y el PR, adalides de las demoliciones. A mí, esto me supone un desasosiego infinito: como si todos los musulmanes se hubieran convertido de repente al cristianismo y todos los cristianos hubieran abrazado el Islam. Fíjense que estoy por pensar que los políticos mienten.
Pero no. Me resisto a creerlo. Y espero que a propósito de la estación de tren no suframos estos vaivenes. Por si les sirve, les daré mi opinión. Muy clarita: mándenla a hacer puñetas. Sólo nos faltaría gastarnos una pila de millones para mantener en pie un edificio cutre, triste y sin gracia. Seríamos el hazmerreír de las futuras generaciones: nuestros abuelos -dirán- se cargaron el casco antiguo, las murallas y la memoria de Logroño, pero mantuvieron esa mierda de estación. Qué gente tan graciosa, nuestros abuelos.