El sentimentalismo es una cursilada, un remilgo lloricón de la pijería. Románticos y sensibleros se dan la mano a la hora del lagrimeo. Aquí en Logroño quedan pocos, menos mal, apenas media docena de molestas antiguallas especializadas en gimotear cada vez que a un miserable cachito del paisaje urbano se lo lleva la piqueta. Por regla general ese pedazo de cacho de trozo suele ser una mierda arquitectónica firmada por pésimos arquitectos como Luis Barrón, Quintín Bello, Fermín Álamo, Agustín Cadarso y Agapito del Valle, que nos dejaron la ciudad durante la primera mitad del siglo XX llena de estafermos y edificios birriosos con soberbia vocación de perdurabilidad, manda güevos. Si en los últimos años hemos conseguido quitarnos de encima las asquerosas casas del siglo XVI de Ruavieja, la torre-fortaleza fundacional de la ciudad, hemos descojonado el Revellín y mandado a tomar por saco la calle Mayor, la Judería, el teatro Moderno, Correos, el colegio San José, el Servicio Doméstico la arcaica plaza de toros y la obscena Casa de las Tetas, hora es ya de emprenderla con el Círculo Logroñés, la plaza de abastos de San Blas -ese engorro inservible-, el cursi Palacio de los Chapiteles, la nefanda Escuela de Arte, la prehistórica Audiencia, el vetusto Instituto Sagasta, los cochambrosos colegios de Escolapios-as, Enseñanza y Gonzalo de Berceo, las patéticas Casas Baratas y por supuesto las estaciones de autobuses y ferrocarril que no hacen más que incordiar y nos salen por un ojo de la cara. O del culo, vaya usted a saber. Es más, la Redonda es una ruina, al gótico pirulo de la iglesia de Palacio no lo entiende nadie y San Bartolomé es una champiñonera repleta en su fachada de figurillas desconchadas: menos mal que han encementado su torre y nos la han dejado lista para el metacrilato, como a su vecino palacio de Monesterio cuyos alares de acero y la moderna carpintería de sus balcones han conseguido disimular el oprobio de su antigüedad. Paso de lloricas y quejosos -Ay, que tiran la tienda de la Solidaridad; ay, que le van a meter mano a la Casa de la Virgen; ay, ¿qué será del palacio de Espartero?- y leña al mono urbanístico logroñés. Aquí lo que hace falta es un buen bombardeo fosfórico a lo Dresde y terminar de una vez por todas con la cochambre de Portales, la inmundicia de Bretón de los Herreros, la mugre de los Muros todos, la obsoleta avenida de Navarra, la degradación alcohólica de Laurel y San Juan y la infame ruindad de Barriocepo. ¿Abajo Logroño, ciudad caduca y vergüenza nacional! ¿Abajo las mierdas arquitectónicas que no permiten amplios solares, torres kuwaitíes y anchurosos y flamantes viales! Acabemos de paso con el desidioso palecete del Gobierno y con la sede del Parlamento regional, rancios y añejos edificios de otros tiempos, y tira millas, que hay mucho que derribar en plan moderno y liberal.