El único problema de los ex ministros, de los ex secretarios de Estado, de los ex directores generales, es tener paciencia. Saben que lo bueno empieza después, cuando logren el prefijo de ex. Por muy honrados que hayan sido en el desempeño de los cargos que juraron o prometieron, sus casos se parecen en eso y sólo en eso, al de algunos alcaldes y concejales de urbanismo a quienes pillaron la masa de cemento en las manos: deben saber esperar. Ya decía Oscar Wilde que un santo se diferencia de un pecador en que el primero suele tener un pasado y el segundo lo que vislumbra es un gran porvenir.
Parece que el paso del sublime servicio a la colectividad a la empresa privada no está bien visto en líneas generales. Hay países que lo regulan por ley. Entre nosotros fichar por Telefónica o por Seopan se considera una especie de recompensa, un premio al fracaso en la política activa. España no sólo sigue siendo diferente, sino indiferente a estas cosas. Con nuestro pan se lo coman.





