Derrotado Napoleón, mientras los acólitos del Antiguo Régimen andamiaban el pasado legendario de nuestro país sobre los Reyes Católicos o Cristóbal Colón, los liberales progresistas sujetaban su visión de España sobre los Comuneros ejecutados por Carlos V o el Justicia aragonés Juan de Lanuza. Ambos bandos, no obstante, tomaron la Guerra de la Independencia como símbolo del carácter de un pueblo unido contra la injerencia extranjera, y adoptaron sin remilgos como mártires de la patria a Daoíz y Velarde o a Manuela Malasaña.
La contienda contra el francés contribuyó a amalgamar la idea de una España moderna y avanzada, una España que, sin embargo, tan sólo a cuentagotas ha sabido estar a la altura de su grandeza durante los últimos doscientos años, quizá arrastrada por las adversas circunstancias.
El aluvión de publicaciones y programas televisivos que está generado el segundo centenario del 2 de mayo evidencia la moda cada vez más extendida de interpretar la historia bajo prismas y posiciones políticas actuales. Los hay que confunden el tocino con la velocidad o, lo que es lo mismo, la Guerra de la Independencia con la II República, la Ley de la Memoria Histórica o la Educación para la Ciudadanía.
Basta con escuchar una tertulia radiofónica o leer a cual- quier farsante con pátina pseudocientífica para creerse con el derecho a descalificar posiciones ideológicas bajo pretendidos argumentos históricos.
Es lo que de atrevimiento tiene la ignorancia más supina.











