
¿Por dónde andará la agricultura en este nuevo ministerio con el que nos ha sorprendido el Gobierno de la noche a la mañana?, se preguntan muchos.
Esta es una cuestión que quizás resolvamos con el tiempo, con el día a día, y una vez que los departamentos de esta entidad se llenen de contenido. Pero, mientras tanto, quizás la ministra pueda avanzarnos su idea del sitio que ocupará la agricultura, de si contará con lugar propio e indivisible o estará esparcida allí y allá, perdida en la 'madre naturaleza' o quién sabe si también en el fondo marino (que no pesquero) del otro 'medio' que también forma parte de las competencias de esta honorable institución.
Si, como dijo San Agustín, «en un principio fue el verbo», la nominación del nuevo ministerio puede que suponga el principio del fin de la agricultura, si es que ésta ha existido algún día en la mente del presidente del Gobierno.
Y, de 'medio' a 'medio', quizás a la ministra se le ocurra alguna brillante idea para que la agricultura no se disuelva en la capa de ozono y para que los agricultores españoles puedan seguir suministrando alimentos a la población, además de seguir cumpliendo el para mí valioso papel de centinelas del mundo rural.
¿Qué tarea ingrata la que se le ha asignado a la ministra Espinosa! La de conciliar a los funcionarios de dos ministerios que no siempre han tenido puntos de vista parejos. No le arriendo la ganancia. Ni tampoco a los agricultores españoles, a los que Zapatero acaba de hacerles una gran mueca de desprecio.
Ahora sabemos, negro sobre blanco, que no le gusta la agricultura. Ya lo intuíamos cuando en el primer debate de investidura, en el 2004, sólo dedicó a este tema unos minutos y en la del 2008 todavía menos, y lo ha confirmado, rematado de nuevo, con el desbaratamiento de una institución histórica.





