
La mecha prendida en la capital del Reino se fue extendiendo por el resto del país, si bien no con la rapidez a la que hoy en día nos han acostumbrado la televisión, el teléfono móvil o Internet.
Las noticias fueron llegando a La Rioja con cuentagotas, según reflejan las diferentes actas municipales, hasta que el 30 de mayo la ciudad de Logroño se alzó en armas. 28 días después..., como el título de la película de terror dirigida por Danni Boyle.
Sublevación
«La ciudad de Logroño fue la primera que proclamó los derechos ultrajados de nuestro amado y cautivo soberano y vertió su sangre la primera por la defensa y la independencia de la nación, vilmente asaltada por un pérfido y bárbaro enemigo», narra en una carta Joseph A. Colmenares, comisionado regio de la provincia de Soria, bajo cuya administración se encontraba Logroño por aquél entonces.
En la noche del 30 de junio de 1808 los logroñeses se amotinaron contra el Ejército Imperial, lo que obligó al general Verdier a enviar a 1.500 infantes y cuatro piezas de artillería para «hacer con esta ciudad un ejemplo severo», afirmaba el mando galo. Mientras las autoridades locales ordenaban a través de un bando el alistamiento de todos los hombres útiles entre 18 y 40 años, Verdier situó sus piezas artilleras en el monte Corvo, desde donde castigó la capital riojana con fuego a discreción. El antiguo convento de Valbuena sufrió los embates de los proyectiles galos, que allanaron el camino a las fuerzas de infantería.
El clérigo traidor
Pese al castigo infligido, los patriotas sublevados mantenían bajo control el puente sobre el Ebro -actual puente de Piedra-, la llave estratégica de la ciudad desde la Edad Media, hasta que un clérigo traidor, el capellán de Laguardia Roque Ozana, mostró al general francés los vados por los que atravesar el cauce con garantías de éxito.
Campesinos y gentes del pueblo habían obstruido la entrada de la capital apilando muebles, sacos terreros, carromatos o aperos, mientras hostigaban al rival con el fuego de siete desvencijados cañones.
Vadeado el Ebro por Elciego, los enemigos penetraron en Logroño a través del camino viejo de Fuenmayor. en cuya defensa cayó muerto «a bayonetazos el marido de Isabel León», según consta en las actas municipales.
Fusilamientos
A la primera acometida de los soldados franceses, los bisoños defensores se dispersaron sin apenas resistencia, facilitando el asalto final. Ordenó Verdier la ejecución de no pocos de los insurrectos, que fueron fusilados o muertos a golpe de bayoneta. Pero no todos se rindieron. Un nutrido contingente de logroñeses consiguió huir y agruparse, junto a vecinos de otras localidades cercanas, en un pequeño batallón de resistencia. Perseguidos por las tropas imperiales, los insurgentes riojanos plantaron batalla cerca de Fuenmayor, junto a un monasterio que se hallaba entre esta localidad y Navarrete. Sin embargo, la superioridad era tal que tuvieron que dispersarse.





