
A las diez de la mañana, el abad de la cofradía, el párroco Francisco José Suárez, bendijo la gran alfombra de panes que cubría el suelo del futuro albergue. Fue el inicio de una jornada, festivamente laboral para cofrades y 'doncellas', que llevaron por doquier el grito de «¿El Pan del Santo!», renovando existencias de molletes, de cuando en cuando, con vehículos de apoyo. Unos tenían cuatro ruedas; otros, cuatro patas: Las de los tres enjaezados burros -dos de la tierra y uno zamorano- que portaban sobre sus lomos grandes cestos.
Por la tarde dieron comienzo las 'vueltas del Santo', terminando la jornada con el pregón de fiestas que Enrique Arranz Freijo pronunció en el Teatro Avenida. El catedrático de Psicología de la Familia definió la fiesta como «ritual que se repite cíclicamente, común a todas las culturas humanas, y sirve para que las personas se reafirmen en sus tradiciones y en su arraigo y orgullo de pertenecer a una comunidad».
Muchas fiestas en una
Explicó que «hay muchas fiestas en una misma fiesta» y, al hablar de la de «la memoria antigua», esbozó un retrato psicológico del Santo, que «se construye con la obstinación, con la seguridad en sí mismo -producto de una buena crianza con cariño y exigencia, como la de los buenos vinos- y, sin duda, con gran ascendencia sobre los demás, lo que hoy llamaríamos capacidad de liderazgo. Otros rasgos de personalidad se deducen de sus obras -añadió-, como la diplomacia necesaria para tratar con unos y otros para lograr sus objetivos, los de su pueblo. Era un ser solidario, en el amplio sentido de la palabra, y su inteligencia y honestidad le ayudaron a llegar a viejo. Domingo era un hombre noble, libre, luchador, emprendedor y creativo», concluyó.
En la «fiesta de la memoria personal», Arranz lanzó sus recuerdos, trufados de nombres, emoción y divertidos episodios, uno de ellos sospechoso de milagro.
«¿Ha sido el Santo!»
Ocurrió en una campa de Las Abejas llena de 'abuelitos': Cuatro niños, unas cerillas... Un incendio. «¿Todos a casa y que no nos vean en dos días! ¿La que se va a armar! ¿Parar, parar! -dijo Manolo- que
Su ameno discurso llegó al presente. «No tengamos miedo a seguir haciendo historia», pidió a los calceatenses, antes de concluir con una antigua despedida del peregrino. «Que la tierra se vaya haciendo camino ante vuestros pasos; que el viento sople siempre a vuestras espaldas; que el sol brille cálido sobre vuestras caras, que la lluvia caiga suavemente sobre vuestros campos y, hasta que volvamos a encontrarnos, que el Santo os guarde en la palma de sus manos». Su «¿Viva el Santo!» fue respondido por el público, que agradeció su pregón con un atronador aplauso.












