LETRA PEQUEÑA
A Gorgorito
02.05.08 -
Aquí estoy frente a ti, sentada en un banco, al lado de la niña-estatua que es todos los niños riojanos. Vengo a pedirte disculpas porque el día de tu homenaje estaba de viaje y no pude acompañarte, y a rememorar contigo dos épocas irrepetibles de mi vida de mujer: la infancia de mis hijos y la de mis nietos.
Cierro los ojos y me veo joven, activa, morena y delgada, con toda la vida y las ilusiones por delante, rodeada de mis cinco hijos, en espera de que se levante el telón y de que tu sola aparición les haga, ¿por fin!, quedarse quietos.
Ellos crecieron y dejé de verte. Mucho tiempo después volví a tu función. Te saludé y tardaste en reconocerme. Me había vuelto rubia y un poco ajamonada; las arrugas habían dibujado en mi rostro el mapa de muchas risas y muchas lágrimas; mis ojos habían perdido brillo tras las gafas; y mis movimientos eran ya lentos y prudentes. Tú, en cambio, estabas igual: los mismos pómulos salientes, los mismos ojitos vivarachos de niño listo, los mismos sentimientos de caballero andante en defensa de tu dama. A mi lado, mis nietos eran otros pero también eran iguales. Esperaban con los mismos nervios tu aparición, te recibían con los mismos aplausos, pronunciaban los mismos gritos ante la bruja, sus manitas se aferraban a mi falda cuando les encogía el susto y la soltaban aliviados cuando el peligro había pasado. Por la noche, sentirían los primeros miedos de su vida y alguno hasta mojaría la cama, pero pedían volver al día siguiente.
Abro los ojos y te veo en tu pedestal, inmóvil por primera vez en tu vida, pero ése es el precio que debes pagar por pasar a la posteridad. Me apetece advertirte que te andes con ojo porque la Ciriaca se asoma por una de las columnas de los soportales. Pero ella tampoco se mueve. No veo a Rosalinda. Pregunto a la niña-estatua que se sienta a mi lado el porqué de su ausencia y me dice que tal vez se ha hecho mayor y se ha casado con un príncipe. No me lo creo; no puede ser tan ingrata como para olvidar todo lo que la has amado y tantas veces como la has defendido.
No sé si volveré a verte, pero te voy a pedir un favor, un favor de amigo antiguo; cuando acudan a tu teatrillo mis biznietos, guarda una silla vacía para mí. Aunque no me veáis, allí estaré.
Cierro los ojos y me veo joven, activa, morena y delgada, con toda la vida y las ilusiones por delante, rodeada de mis cinco hijos, en espera de que se levante el telón y de que tu sola aparición les haga, ¿por fin!, quedarse quietos.
Ellos crecieron y dejé de verte. Mucho tiempo después volví a tu función. Te saludé y tardaste en reconocerme. Me había vuelto rubia y un poco ajamonada; las arrugas habían dibujado en mi rostro el mapa de muchas risas y muchas lágrimas; mis ojos habían perdido brillo tras las gafas; y mis movimientos eran ya lentos y prudentes. Tú, en cambio, estabas igual: los mismos pómulos salientes, los mismos ojitos vivarachos de niño listo, los mismos sentimientos de caballero andante en defensa de tu dama. A mi lado, mis nietos eran otros pero también eran iguales. Esperaban con los mismos nervios tu aparición, te recibían con los mismos aplausos, pronunciaban los mismos gritos ante la bruja, sus manitas se aferraban a mi falda cuando les encogía el susto y la soltaban aliviados cuando el peligro había pasado. Por la noche, sentirían los primeros miedos de su vida y alguno hasta mojaría la cama, pero pedían volver al día siguiente.
Abro los ojos y te veo en tu pedestal, inmóvil por primera vez en tu vida, pero ése es el precio que debes pagar por pasar a la posteridad. Me apetece advertirte que te andes con ojo porque la Ciriaca se asoma por una de las columnas de los soportales. Pero ella tampoco se mueve. No veo a Rosalinda. Pregunto a la niña-estatua que se sienta a mi lado el porqué de su ausencia y me dice que tal vez se ha hecho mayor y se ha casado con un príncipe. No me lo creo; no puede ser tan ingrata como para olvidar todo lo que la has amado y tantas veces como la has defendido.
No sé si volveré a verte, pero te voy a pedir un favor, un favor de amigo antiguo; cuando acudan a tu teatrillo mis biznietos, guarda una silla vacía para mí. Aunque no me veáis, allí estaré.





