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RSS | ed. impresa | Regístrate | 5 julio 2008

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INTEGRACIÓN
A un paso del abismo
Una familia de residentes legales paquistaníes vive en la extrema pobreza, ya que la Seguridad Social no les reconoce la orfandad pese a la muerte del progenitor

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A un paso del abismo
Cada día que amanece, Robina Khalid y sus 7 hijos -Kainat, Noreen, Noor, Basma, Ahmed, Bilal y Yasmin- encaran una lucha sin final a la vista contra el hambre, la miseria y la desesperanza que ríos de lágrimas no logran calmar. Desde que el 18 de agosto del 2007, el cabeza de familia, Khalid Pervez, falleciese tras sufrir un accidente de tráfico entre Albelda y Alberite, los sueños de esta familia paquistaní por labrarse un futuro mejor en La Rioja se han convertido en un tormento.

La falta de reconocimiento de la situación de orfandad y viudedad que les corresponde les ha llevado a sobrevivir gracias a la solidaridad de algunos compatriotas y amigos, la ayuda del Ayuntamiento de Albelda -que les abona los recibos de agua, electricidad y gas y les financia algunas pequeñas mejoras en su humildísimo hogar- y las ayudas de Cáritas. Además, el colegio donde estudian los pequeños les permite comer caliente en el refectorio, ya que, de lo contrario, en su casa les aguardaría sólo un pedazo de un pan típico de su país de origen.

Esta situación no alcanzaría estos tintes dramáticos de no ser por un sello. Según comenta una amiga de la familia, Micaela Iglesias, quien pone voz en español a los desvelos de Robina y sus vástagos, «se trata de un trámite que la Seguridad Social les reclama para validar los papeles de orfandad y viudedad y que les impide acceder a una subvención de 170 euros al mes por hijo hasta la mayoría de edad de los críos», que en la actualidad cuentan con entre uno y 19 años de edad.

Su peripecia es una lucha contra la burocracia, agravada porque no dominan bien el idioma. En Logroño, les dicen que deben acudir a la embajada de Pakistán en Madrid para marcar los documentos, y en el consulado, tras varios viajes, les exigen tramitar el timbre en Pakistán. «Eso supone una espera de al menos un año», apostilla Micaela. Sin embargo, Robina y sus hijos no pueden esperar tanto, pese a que tienen probada su residencia legal en España y toda la documentación que lo acredita. «Si el Gobierno español les ingresó en enero una prestación social por bajas percepciones, esto implica que reconoce que su situación en España es plenamente regular», enfatiza Micaela.

Las incoherencias no acaban ahí. Khalid tenía contratado un crédito hipotecario en una entidad financiera en la que también satisfacía las cuotas de su seguro de vida. Una vez fallecido, la mujer no puede continuar pagando las mensualidades y el banco les exige un documento que certifique la condición de herederos de Khalid para beneficiarse del seguro. Así, los intereses que deben a la financiera van incrementándose y corren el riesgo de que ésta ponga un día su casa en subasta. Más desgracias: Khalid causó daños en un dominio del Estado por el accidente que le costó la vida y ahora su compañía reclama a la viuda el pago de la reparación. Al menos, Robina y sus hijos tienen un consuelo: el apoyo de sus vecinos, dispuestos «a ir hasta donde sea» para que salga de su situación y puedan volver a sonreír.
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