Resulta encomiable que los sindicatos, integrados fundamentalmente por quienes disfrutan de apreciables condiciones de estabilidad en sus empleos, alcen la voz en apoyo del segmento más desfavorecido del mundo laboral. Pero en su imprescindible defensa de los derechos laborables, los responsables de las centrales son perfectamente conscientes de que el mantenimiento de las tasas de actividad y la recuperación de unos óptimos índices de empleo exigen una mayor productividad como condición para un cambio de modelo económico. Éste ha de ser el objetivo central de un diálogo social cuyos frutos dependen en gran medida de la disposición que continúen mostrando los sindicatos a la concertación; pero también del compromiso que asuman todos los agentes sociales en evitar transferir a las cuentas públicas más esfuerzo del razonable a la hora de devolver a la economía española a los parámetros de crecimiento en que se ha venido desarrollando.
Tanto las dificultades actuales como los cambios introducidos por la globalización obligan a que el sindicalismo revise la estrategia que ha propiciado la paulatina acumulación de derechos adquiridos como paradigma en un mundo que precisa distinguir aquellas conquistas sociales irrenunciables de otros logros u objetivos que deberán adecuarse necesariamente a la situación económica y al diálogo con los empresarios.





