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RSS | ed. impresa | Regístrate | 8 septiembre 2008

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TRIBUNA
La fuerza de las palabras

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Este artículo quiero dedicarlo a los mártires de Chicago y a todos los trabajadores y trabajadoras que, día tras día, dejan parte de su vida, de su libertad, de sus sueños y de sus reivindicaciones en su puesto de trabajo. Nada mejor para ello que dejar espacio a la fuerza y a la sinceridad de las palabras de estos mártires cuando estaban a punto de ser ejecutados.

El 14 de noviembre de 1887 fue el día de la ejecución de Spies, Fisher, Engel y Pearson, frente a la prensa y un grupo de 'invitados especiales'. Antes de ser ejecutados, ellos hablaron repitiendo sus testimonios como líderes de los trabajadores.

Fisher dijo: «En todas las épocas, cuando la situación del pueblo ha llegado a un punto tal que una parte se queja de las injusticias existentes, la clase poseedora responde que las críticas son infundadas y atribuye el descontento a la influencia de las tareas de ambiciosos agitadores».

George Engel expresó: «Es la primera vez que comparezco ante un tribunal norteamericano que me acusa de asesino. ¿Por qué razón estoy aquí? Por qué razón se me acusa de asesino? Por la misma razón que me hizo abandonar Alemania: por la pobreza, por la miseria de la clase trabajadora. Aquí también, en ésta 'República Libre', en el país más rico de la tierra, hay muchos obreros que no tienen lugar en el banquete de la vida y que como parias sociales arrastran una vida miserable. ¿En qué consiste mi crimen? En que he trabajado por el establecimiento de un sistema social donde sea imposible que mientras unos amontonan millones otros caigan en la degradación y la miseria. Las leyes de ustedes están en oposición con las de la naturaleza y mediante ellas ustedes roban a las masas el derecho a la vida, a la libertad y al bienestar».

Michael Schwab había dicho ante el juez: «Como obrero que soy, he vivido entre los míos, he dormido entre sus buhardillas y en sus cuevas, he visto prostituirse la virtud a fuerza de privaciones y de miseria, y morir de hambre a hombres robustos, por falta de trabajo. Pero lo que había conocido en Europa abrigaba la ilusión de que en la llamada 'Tierra de la Libertad' no presenciaría estos tristes cuadros. Sin embargo, he tenido ocasión de convencerme de lo contrario. En los centros industriales de Estados Unidos hay más miseria que en el viejo mundo.

Samuel Fielden, dijo: "Yo amo a mis hermanos, los trabajadores, como a mi mismo. Yo odio la tiranía, la maldad y la injusticia. El siglo XIX comete el crimen de ahorcar a sus mejores amigos. Me considero feliz al morir, sobre todo, si mi muerte puede adelantar un solo minuto la llegada del venturoso día en que aquel alumbre mejor para todos los trabajadores.

Y cuando iban hacia el patíbulo, Spies grito: «Tiempo llegará en que nuestro silencio será más poderoso que las voces que hoy ustedes estrangulan».

Antes le había dicho al juez Gary: «Si usted cree que ahorcándonos puede eliminar el movimiento obrero, el movimiento del cual millones de pisoteados, millones que trabajan duramente y pasan necesidades y miserias, si esa es su opinión, entonces, ahórquenos. Así aplastará la chispa, pero aquí y allá, y detrás y frente a usted, a su propio costado, se encenderán nuevas llamas. Es el fuego subterráneo y no podrá apagarlo».
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