
Natalia Olarte, responsable vitícola de Bilbaínas, explica que «clasificamos las parcelas de nuestros proveedores en tipos A, B o C en función de la calidad de las uvas, sin ser un sistema cerrado, es decir, un viticultor puede 'ascender' o 'descender', y cada categoría tiene un precio». Cada viticultor -agrega- sabe cuánto va a cobrar de antemano y debe trabajar para garantizarse su margen».
El proceso de calificación de fincas comienza con las fotografías por satélite de las parcelas. Los múltiples datos obtenidos por las continuas visitas a campo se van incorporando a una base de datos que se procesa directamente en los mapas del satélite. Poco a poco se identifican las parcelas, los renques e incluso las cepas individualmente en función de parámetros como el vigor, el número de racimos, pesos de poda, hojas, necesidades de abono, riego... y, finalmente, calidad de las uvas. «La idea es obtener la mayor homogeneidad posible, identificar las viñas más similares para seleccionar los vinos desde el campo», explica Natalia Olarte. «De una parcela física -continúa- podemos obtener dos o tres agronómicas diferentes».
Olarte fue la encargada de presentar la viticultura de precisión a los proveedores tradicionales de la bodega, un sistema con el que la tradicional valoración por grado, sanidad y color es historia: «Compramos un millón y medio de kilos al año y les pedimos que cultiven como proponemos nosotros». «Al principio -reconoce- organizamos una reunión para explicar el tema y les dijimos que ya no pagaríamos por grado ni color ni otros parámetros habituales, sino que lo que íbamos a premiar era el trabajo en el campo, y las caras eran un poema».
Hasta siete vendimias
La responsable de campo de Bilbaínas recuerda que «algunos se fueron, pero otros se quedaron y, poco a poco, sobre todo al comprobar que es rentable, se han convencido». «Algún agricultor ha vendimiado este año una misma parcela siete veces, en función de la madurez que iban alcanzando las viñas, algo que nunca había pensado que iba a hacer, pero al final se ha visto compensado». Natalia Olarte vigila tanto las parcelas de los proveedores como las suyas propias. «Combinamos la viticultura de precisión con la tradicional, en función de las características de cada finca, y en todos los casos de forma sostenible». «El viñedo -continúa- es paisaje y eso implica respeto, con abonados y tratamientos lo más razonables, sin pesticidas ni herbicidas».
Olarte explica que «este año con el mildiu y la araña amarilla ha habido problemas y mucha gente se puso nerviosa». «Que una chica joven como yo -recuerda- les diga a agricultores de toda la vida cómo hay que tratar una plaga implica a veces usar la psicología y recuerdo que para convencer a algún proveedor tuve que ir al bar a explicarle que iba a renunciar a 6.000 euros de su bolsillo en tratamientos cuando no era necesario».
La responsable de viticultura de Bilbaínas tiene claro , en cualquier caso, que lo que «convence son los resultados». «Tras la vendimia -señala- hicimos catas y algunos decían que era imposible que ese vino saliera de su parcela...».












