Parece que se hunde el mundo si en un viaje profesional no podemos estar conectados al correo electrónico para chequear los 100 mensajes spam recibidos, la docena que esperan respuesta inmediata (algunos banales o con acuse de recibo), o la convocatoria a reuniones (justo aquellas más comprometidas). El móvil, el BlackBerry o el Messenger parecen dar por supuesto el don de la ubicuidad: acercan cualquier tema o persona las 24 horas del día en cualquier punto geográfico y en cualquier situación.
En Francia, un reciente informe indica que el e-mail puede comprometer la calidad en la toma de decisiones dada la rapidez de respuesta que reclama. Las cifras indican que los profesionales dedican una cantidad importante de tiempo a reparar los errores provocados por aquella o el uso de una expresión inapropiada que es interpretada erróneamente. Ya lo dice el refrán: para responder hay que «pensárselo dos veces», o «templar la pluma 7 veces en el tintero», es decir, el tiempo es oro.
No digamos lo inoportuno que es levantar la cabeza de la tarea al percibir el aviso de llegada de un nuevo mensaje con la pérdida de concentración que supone, la tentación de leer su contenido, y el apremio que nos entra de responderlo. Cuando ya creía que era una debilidad mía, me alegró leer un estudio británico indicando que se responde al 85% de los mensajes durante los dos minutos siguientes de su llegada y se precisa más de un minuto para retomar el nivel de concentración perdido. El 44% de directivos franceses se quejaban en el 2004 de ser interrumpidos en su trabajo y dos de cada tres creen insuficiente el tiempo para responder a todas las demandas que contienen.
La mensajería electrónica es magnífica pero el mensaje «tiene un e-mail» puede pasar de ser signo de velocidad y eficacia a sinónimo de agobio; puede ser aterrador, en un día sobrecargado, que nuestro ordenador reciba nuevos 'e-mail'.





