
Según testigos, morían víctimas del impacto de un proyectil que atravesó el tejado de la casa lanzado por un helicóptero del Ejército de Israel, que desde primera hora se hallaba combatiendo contra milicianos palestinos en las inmediaciones de la localidad de Beit Hanun, en el norte de la franja, «para asegurarse de que lanzadores de cohetes, francotiradores y cavadores de túneles» se mantuvieran lejos de la valla fronteriza que salvaguarda el territorio judío. El médico que recibió los cuerpos en los servicios de urgencia del hospital Kamal Adwan, de Beit Lahiya, corroboraba: fueron abatidos por un obús.
Pero según ese mismo Ejército, la familia Abu Maateq -los cinco muertos, más los dos hijos mayores, que fueron atendidos de gravedad en el hospital- fue poco menos que el blanco de un daño colateral. Una investigación ordenada por la mañana concluía, apenas unas horas después, que la masacre era culpa de Hamas. Que en su operación, según exponía un comunicado oficial emitido por las Fuerzas Armadas judías, los militares dispararon desde el aire a dos milicianos palestinos que avanzaban hacia los soldados portando a sus espaldas grandes mochilas, y que una gran detonación «secundaria» -indicativa de que el mencionado equipaje estaba cargado de «bombas y explosivos»- fue la que causó el colapso de la vivienda, y con ella la muerte de los menores que estaban dentro.
«Deseamos subrayar que la responsabilidad de los heridos y las muertes de civiles no involucrados es de la organización terrorista Hamas, que opera entre medias de la población civil, utilizándoles como escudos humanos y poniendo en riesgo sus vidas al guardar bombas y explosivos cerca de ellos», sentenciaba el escrito. La culpa de que los niños murieran fue por tanto de Hamas. Lo repitió hasta el ministro de Defensa, Ehud Barak.
El ataque arrancaba tanto en Israel como en el lado palestino nuevas amenazas. «Seguiremos actuando contra Hamas», anunciaba Barak; «nuestro brazo armado responderá con todos los medios posibles», contestaba el portavoz islamista Sami Abu Zuhti. Ambos dejando clara su decisión de no poner fin a la violencia que unos a otros se exigen como condición para cuajar la tregua que actualmente se negocia con mediación de Egipto, y que ayer parecía diluirse casi de forma definitiva.












