
También poseía una rara virtud, muy valiosa para el tenis: Higueras tenía paciencia. A veces, demasiada paciencia. Hablamos de la época anterior a que el carbono triunfara en la fabricación de raquetas, cuando la velocidad que alcanza el tenis de hoy parecía ciencia-ficción. Entonces, alguien capaz de ejercer de frontón y desesperar tanto al rival de turno como a la grada era sinónimo de victoria. Higuera atrapó una cuantas. Llegó dos veces a semifinales en París y coleccionó hasta 14 títulos, incluidos dos Masters Series. Sí, era un tostón, pero nada de eso importa ahora. Lo trascendente es el mensaje que encierra su trayectoria: un tipo no especialmente dotado para el tenis se coló entre los mejores. Higueras conocía los secretos de este juego, así que a nadie le extrañó que se hiciera entrenador recién finalizada su carrera, allá en Estados Unidos.
En California, según recordaba, se sentía más querido que en España. Nadie le recordaba que ocupaba el trono sagrado de Orantes y el resto de héroes y, al contrario, reconocían sus hazañas. «En Estados Unidos la gente hace mucho deporte y por eso valoran que seas uno de los mejores tenistas del mundo». Más concretamente, el número seis de la ATP en su mejor época, aunque para el público reciente sólo cuente su faceta como entrenador, cuya nómina de pupilos impresiona: Chang (tal vez quien más se le parecía), Courier, Sampras, Bruguera...
Con Federer
Cuando parecía semirretirado, su pelo ceniciento ha reaparecido en las pistas. Dirige al tenista más difícil de dirigir del mundo, Roger Federer. Un autodidacto habituado a caminar sin preparador, un espíritu libre que se fía más de su intuición que del consejo ajeno. También el suizo, sin embargo, sucumbió y recurrió al metódico Higueras, el tenista amamantado sobre la arcilla, para que le dirigiese en el reto que le empuja desde que entró en el Gotha del tenis: ingresar en la historia por el camino más tortuoso, ganando los torneos en tierra para los que menos dotado parece.
Convertido el circuito en su jardín particular, sin que nadie le tosa sobre pistas rápidas ni discuta su hegemonía sobre la hierba de Londres, lo único que de verdad le apetece es ver a Nadal doblar la rodilla en París. De ahí que este año que tan mal empezó para él, con la mononucleosis dichosa, cambiara sus hábitos: la campaña sobre tierra empezó antes de lo previsto, en un torneo menor (Estoril), para anticipar el proceso de adaptación que le debería llevar desde Montecarlo a Roland Garros. De momento, la primera etapa ha fracasado; ayer anunció que seguirá a lo suyo hasta París y que allí se reencontrará con su entrenador español. De nuevo, habrá una segunda vez para Higueras.





