¿Se acuerdan del traslado de Maristas a Cascajos y del debate sobre la conservación de la fachada? Es el caso también de la anunciada fuga de Escolapios, con la única preocupación por los elementos singulares de la construcción de Fermín Álamo. Pero sobre las miles de familias a las que se invita a dejar el centro de la ciudad todavía no he oído nada a nadie.
Ahora, el debate es la estación de tren. No dudo de que a generaciones anteriores les traiga agradables recuerdos, pero a mí, y creo que a las añadas posteriores, pocos o ninguno. He ido a ver la estación por si mi frágil memoria despertaba, pero me he encontrado con el mismo frío, lúgubre e inerte vestíbulo desde el que, en contadas ocasiones, se veía pasar un tren.
Me acordé de aquel viejo e incómodo Sol de Levante que compartíamos estudiantes y militares y alguna que otra señorita que, en horario nocturno, subía en Haro y bajaba en Miranda tras sacar lustre al armamento de los mozos a cambio de la soldada o del presupuesto semanal de espaguetis.
También me vino a la cabeza la estampa del solitario funcionario que despachaba billetes entre la nebulosa de los Ducados amontonados en el cenicero como los cuartos sobre las horas en el reloj de la fachada. Por mí, lo que pueden hacer es darle con la piqueta a la estación y también a aquellos incómodos trenes tercermundistas y traer alguno de los que corren a toda velocidad y comodidad por toda España menos por Logroño, aunque ya no recojan señoritas en los andenes. agil@diariolarioja.com











