La evaluación correcta del coste humano y material que comportan los accidentes y las dolencias profesionales resulta del todo necesaria para poder atender las demandas que genera esta problemática social y ajustar las políticas públicas para combatirla con eficacia. Así, la ausencia de datos contrastados sobre los siniestros que sufren los autónomos, la imposibilidad de determinar con exactitud las consecuencias de las secuelas que padecen los 8.000 heridos graves que se registran cada año o el ocultamiento de incidentes en el que se ven involucrados inmigrantes, cuya indefensión les impide denunciar sus precarias condiciones de trabajo, minimizan los efectos reales de este tipo de siniestralidad. En este sentido, resulta difícilmente comprensible que las estadísticas oficiales apenas dejen constancia de los fallecimientos causados por enfermedad de origen laboral cuando los sindicatos las cuantifican en más de 16.000 al año, una disparidad que los segundos atribuyen a la renuencia de las mutuas a identificar como tales las patologías originadas en el trabajo a fin de evitarse costes. Sólo el conocimiento certero de una realidad tan preocupante y la admisión consciente por parte de todas las partes implicadas de su correspondiente responsabilidad a la hora de procurar una actividad profesional más segura permitirá progresar en la contención de este mal de repercusión colectiva.





