VENTANA A LA CALLE
Gorgoritos
28.04.08 -
Los gorgoritos son las carcajadas pajareras de los niños, esos gorjeos anarquistas de la inocencia. Los gorgoritos son agudos, rápidos, cambiantes. Como el trino de los goloritos, los jilgueros de esta tierra, tan impredecible y canoro. Esa risa estridente de los niños, esa sinrazón explosiva y resplandeciente, pone a Dios en el trance de la melancolía, dibuja nostalgias en los ceños de los viejos y atesora cosquillas en las heridas del tiempo. Son los gorgoritos una incontrolable y humana comezón en el rabo del demonio y son también la envidia de los querubines, hartos ya del sempiterno y monocorde bordón celestial. Malévolos en su candidez, instintivamente certeros en la diana de lo ridículo, bulliciosos y arteros, son el castigo de la prosopopeya, la cuchilla de la pedantería, el escarnio de la vanidad. Y son los ecos de lo que fuimos en la Arcadia, antes de que la vida nos convirtiera en solemnes majaderos, en infelices resentidos, en adánicos consumidores de la estupidez. Dicen que Dios los soñó, a los gorgoritos, sí: echaba en falta la alegría en el caos de su Creación. Y cuentan que en una tediosa y abstemia mañana le dio por hacerse un títere de barro para que le hiciera gracietas y salir del muermo. También dicen que sopló para moverlo, que el Golem resultante se le fue de las manos y para colmo no tenía de qué reírse, no sabía, lo hacía fatal. Así que Dios hizo otro títere más atractivo y les dijo a los dos: «Creced, multiplicaos y dejad que los pequeños resultantes se acerquen a mí». Y cuando los hubo, les montó un teatrito a escondidas, inventó hilos, guantes y varillas, se sacó de la manga a don Cristóbal Polichinelo con su cachiporra y por primera vez en su larga y aburrida existencia escuchó una algazara como dios manda, la risa en estado puro: cruel, anhelante, vengativa, estruendosa, dulce, contagiosa, emocionante, tornadiza, inclemente y sabrosona. Gorgoritos, llamamos a esa turbación divina, ya tan humana gracias a payasos y titiriteros, que aunque son continuación de las manos de Dios suelen ser gentes denostadas por politicastros patosos, locutores sinvergüenzas y demás almas en pena. Gorgorito, por algo será, llamamos en Logroño y desde hace más de medio siglo al hijo de cartón de maese Villarejo, nieto a su vez de la Tía Norica, biznieto de Cristobita y tataranieto de Fantochini. Ahora, gracias a Ricardo González, ya tiene su altarcito en la Gran Vía logroñesa. Así que además de darle las gracias a Dios se las damos a Ricardo: vayan por la Risa, por los recuerdos, por los gorgoritos, por el sidral, el regaliz (de palo), por los barquillos y los helados de Tolo, por las pipas de la señora Isidra y por la lejana y mocosa felicidad de aquellos niños atolondrados y maravillosos que fuimos. Y vayan con letanía: «Que esconda el rabo la zorra porque le doy con la porra, amén».





