
El balear, que había disputado este año tres finales con resultado adverso, ha podido obtener su primer título de 2008, confirmando, además, que se halla en excelente condición de juego y física para seguir batallando sobre la tierra batida, esta semana en las pistas del Real Club de Tenis Barcelona con motivo del Trofeo Godó.
El mérito de Nadal, en su duelo con Federer, radicó en la extraordinaria capacidad del de Manacor para sobreponerse a un pésimo arranque en el segundo set. En esa manga el suizo llegó a despegarse con un aparentemente inalcanzable 4-0. El caso es que, una vez más, Nadal demostró que ningún marcador, por amplio que le vaya en contra, consigue destrozarle la moral. En efecto, el mallorquín, lejos de ceder gas, se empleó con su acostumbrada bravura para dar la vuelta a una situación que se le había puesto muy cuesta arriba.
Nadal logró durante el partido hasta cinco bolas de ruptura por las cuatro de su oponente. Físicamente confirmó estar a pleno rendimiento. Con sus golpes desde el fondo volvió a cosechar abundantes tantos. Federer, que se las prometía muy felices en el segundo período, vio cómo de pronto sus rentas iban extinguiéndose hasta desembocar el encuentro con un revés largo, muy largo, impropio del actual número uno del mundo.
Ese golpe fue el que facilitó la victoria al tenista balear, que se anotó su décimo título en un Masters Series. Fue la undécima final entre ambos con desenlace favorable al español. De nuevo, la tierra batida contribuyó al mejor desempeño del jugador español.





