Ir en bici es como ir montado en un disparate. Al menos hoy en día, en una ciudad como Logroño. Y mira que es difícil encontrar otra que, por tamaño, orografía y clima, resulte tan apropiada. Sólo en principio. Es decir, uno se lo propone ingenuamente como medio sano, cómodo, económico, ecológico y solidario, pero en el asfalto el entusiasmo desaparece tan rápido como llegan los sustos. Cuando tienes que clavar los frenos de golpe por culpa de un coche que sale del aparcamiento de improviso, sin mirar, sin intermitente y sin ninguna otra consideración, entonces piensas que sólo hay algo peor que la falta de carril-bici: la falta de educación.
Las bicis parecen molestar a casi todo el mundo: a los conductores, a los peatones, a los policías y hasta a los perros, que las mean con desprecio cuando las pillan atadas a
sus
farolas. Los que utilizamos la bicicleta, a pesar de todo, nos sentimos como hermanados -si el coche te animaliza, yo creo que la bici te hace mejor ciudadano- y nos saludamos con la cabeza cuando nos cruzamos por la calle. Unos cuantos obreros inmigrantes, una universitaria, un padre de familia progre, una veterana militante de 'Logroño en Bici', unos chavales No somos muchos, no es de extrañar. Esto no es Amsterdam, ni Barcelona, ni San Sebastián, ni siquiera Vitoria. Logroño es de coche y doble fila.
Las cosas podrían cambiarse: podría, por ejemplo, llegar el día en que, además de un carril periférico de ocio, se establezca una verdadera red especial que articule toda la ciudad favoreciendo la bicicleta como alternativa de movilidad con seguridad. Pero de nada serviría sin respeto entre todos, sin educación y sin cultura. Y no cultura de bicicleta; cultura, a secas.