El nacionalismo vasco lleva años traspasando la delgada línea del ridículo, con propuestas que rayan el absurdo, si no el surrealismo. Lo último de Ibarretxe no es sino la punta del iceberg, una reflexión en voz alta también compartida por miles de vascos.
Porque si la cara es el espejo del alma, la televisión no deja de ser el reflejo de la sociedad a la que informa. Y vuelvo a ETB. La cadena pública vasca lleva bastantes años empeñada en crear un país virtual, equidistante de Madrid y de París, en el que las decisiones del Consejo de Ministros español se alternan con medidas del Gobierno francés, mientras los goles del Real Madrid-Espanyol pesan tanto en los espacios deportivos como los del Olympic de Marsella-Nantes.
Antes, el paradigma diplomático -entre victimista y pacato- del nacionalismo vasco era Irlanda del Norte; agotado el filón, después llegaron Eslovaquia, Kosovo, Escocia, Timor Oriental... y ahora le ha tocado el turno al Tíbet. Ya les gustaría a los tibetanos estar la milésima parte de oprimidos que los de Bermeo, Elciego o Zarautz.
Ya lo apuntaba Adolfo Hitler, que no era ni vasco ni tibetano: «Las grandes masas sucumbirán más fácilmente a una gran mentira que a una pequeña». mizquierdo@diariolarioja.com











