Esta misma semana, habiendo acudido al Centro Plus Ultra a impartir una conferencia, recordaba una escena que tuvo lugar en las escuelas de mi pueblo; corría el año1955. En la mesa del maestro se mostraban los premios de fin de curso: diez plumas y un libro. Me encantaban las estilográficas, mas elegí el libro, dedicado por el alcalde de mi ciudad natal. Todavía lo guardo. Poco pensaría aquel alcalde general de brigada (Francisco Javier Becerra Abadía), hombre de ciencias y de letras, colaborador de LA RIOJA y reivindicador de la figura histórica de César Borgia, que lo que queda de aquel mocete premiado iba a rememorar su personalidad en un libro cincuenta y dos años después. Nobleza obliga.
La lectura de los alumnos del Plus Ultra, que seguí muy atentamente, aportó a mi mente textos de César Vallejo, Bécquer, Neruda y el gran Quijote (dispensen, Cervantes), tan amadas por mí. Hace años que desembarco poco en esa clase de islas, ya que escudriño fortunas lectoras por otros géneros de archipiélagos. Libros son también, al fin y al cabo. Estos estudiantes me trasladaron de nuevo a la ya un tanto lejana aula de mi niñez, al momento en que escogí el libro. Los libros me han regalado ratos inolvidables y me los continúan reportando diariamente. Sí, ya sé que a algunas personas les han causado algún disgustillo. Así le aconteció a un pariente de un servidor, ávido lector de Marcial Lafuente Estefanía y Clark Carrados, quien aprovechó el preámbulo de una película que iba a proyectarse en el cine Avenida de Logroño para echar un último vistazo a la narración. La cinta lo vio profundamente dormido y, al despertar en medio del espectáculo, quiso prolongarlo hacia el muslo de su novia, que se hallaba a la diestra, pero erró y lo dirigió hacia la siniestra, de donde emergió un no menos siniestro guantazo de mano de un espectador que lo devolvió a la prosaica realidad.
La magia de los libros. En este caso, de las novelas de a duro.





