
LA OBRA
La obra francesa estrenada en 1910 tiene el sello de su autor, un personaje entre dos siglos como Feydeau que se encontraba en momentos complicados de su vida personal y cuyos tintes trascienden a su obra.
Decía Nuria Espert que la obra «habla de la dificultad y de la amargura que entraña la pareja y de la certeza que tenía Feydeau entonces de que era imposible la felicidad en común».
Aclaradas algunas connotaciones necesarias para entender parte del entramado que describían la sensaciones del autor, Nuria Espert encarna a un personaje, esposa de un nuevo rico, un fabricante de loza que quiere vender sus orinales, sí, orinales de los de meter debajo de la cama o llevarlos encima, como se hacía en otros tiempos, a un comprador que quiere hacer negocio con el ejército.
Contextualizar la historia en una época resulta tronchante porque la loza que decía vender el fabricante resultaba irrompible (no así la tremenda historia que se esconde tras su vida matrimonial), mientras que ella muestra su preocupación por un hijo, Totó, que se niega a tomar los purgantes porque debía saber a demonios, como el aceite de ricino de otros tiempos.
La comedia, el vodevil, parece una copia de calco de la vida real. Y la actriz catalana, junto a otros actores como Jordi Bosh, Gonzalo de Castro y Tomás Pozzi, componen un obra de humor al borde del disparate que la hace sentirse cómoda. Los años, asegura ella, le permiten hacer ya de todo, de casi todo, sin que se sienta afectada por el tránsito entre la estética del clasicismo (también humorístico) y el vodevil disparatado que nos trae la obra que llega hoy y mañana al Teatro Bretón de Logroño.





