En los viñedos de La Rioja o en los campos de la Ribera navarra y el Bajo Aragón, los portugueses explotados responden al mismo perfil: muy bajo nivel intelectual (muchos de ellos analfabetos), algún tipo de tara física o psíquica y problemas de adicciones o alcoholismo.
Cuando eran captados en sus localidades, habitualmente aldeas del norte de Portugal, se les prometían 600 euros mensuales como sueldo. Sin embargo, llegados a las localidades de destino, las víctimas eran encerradas en barracones o bajos y desde allí llevadas diariamente en furgonetas a los campos y viñas donde trabajaban de sol a sol.
Jamás recibían su paga, sólo algunos cigarros y, si protestaban, eran amenazados de muerte. Las mujeres, además, eran obligadas a mantener relaciones sexuales con los patrones y los miembros de la red. Alguno de los 'secuestrados' logró huir durante su cautiverio. Si no, la banda muchas veces los llevaba hasta la frontera con Portugal donde los abandonaba en la cuneta de una carretera sin dinero y estos tenían que apañárselas para regresas a sus aldeas.











