El PNV no puede eludir la parte de responsabilidad que asumió desde el mismo momento en que se mostró renuente a desbancar a ANV de la alcaldía de Mondragón y de los demás municipios que regenta. Lejos de emplazar a Izquierda Unida, a EA y a Aralar, el partido de Urkullu dejó en manos de estas formaciones la llave de la impunidad política de que continúa gozando ANV. La votación de Mondragón obliga a que el Partido Nacionalista Vasco declare formalmente el final de la legislatura gobernada por el tripartito de Ibarretxe. Pero también obliga al PSE-EE a establecer condiciones más estrictas a la hora de coincidir con el nacionalismo gobernante en la lucha contra ETA.
Las palabras pronunciadas anteayer por el Diputado General de Vizcaya, José Luis Bilbao, señalando la caducidad del tripartito como fórmula de gobierno para Euskadi pusieron por primera vez en boca de un dirigente nacionalista lo que constituía una clamorosa evidencia para una buena parte de la opinión pública. El tripartito no representa ni de lejos la «centralidad política» que Ibarretxe ha reivindicado tan a menudo. Ni siquiera constituye una coalición que guarde la coherencia requerida en temas sensibles como la lucha anti-terrorista. Pero al constatar la caducidad del tripartito José Luis Bilbao expuso una parte de la verdad. Porque resulta insoslayable que tanto el primer Plan auspiciado por el inquilino de Ajuria-Enea como su segunda versión de la «doble consulta» han descansado en la existencia de un determinado pacto de gobierno. De forma que sería incongruente que el PNV pusiera en solfa la continuidad del tripartito si, simultáneamente, no procede a rebajar los presupuestos sobre los que Ibarretxe ha fijado su descabellada agenda. El PNV de Urkullu, Bilbao y Ortúzar no puede pretender salvar la cara manteniendo el máximo posible de su apuesta soberanista a través de una alianza distinta a la que representa el tripartito de Ibarretxe, cuyo socio no podría ser otro que el PSE-EE. Como no puede soslayar por más tiempo la inclinación de EA y EB de evitar toda confrontación democrática con la barbarie etarra.





