Cada vez que un asesino machista mata a su mujer porque no puede consentir que se le escape algo que considera de su propiedad nos llevamos las manos a la cabeza y ponemos el grito en el cielo. Pero esos hechos no vienen por sí solos. Hay un caldo de cultivo que apoya esas acciones desde siempre y que muchos, machistas a tope aunque no lleguen a matar, se encargan de avivar. Son aquellos que, teniendo el poder de la pluma o del micro en sus manos, ridiculizan el ascenso de la mujer en la escala social por el solo hecho de serlo, rebajan sus méritos y ocultan sus cualidades.
Comenzó con el nombramiento de Soraya Sáenz de Santamaría y ha culminado con la formación del nuevo Gobierno. Periodistas de nombre conocido que escriben columnas en medios importantes, que hablan en tertulias y que dirigen programas de radio se han quitado la careta y se han mostrado como auténticos machistas agresores. «Es como el burro Platero: pequeña, peluda y suave» (Soraya); «batallón de modistillas» y «equipo de inexpertas e inútiles» (las ministras); «la flamenquita» (Bibiana Aído); «la Malena de los demonios» (Magdalena Álvarez); «la tía escuchimizada del bolsito cursi» (Elena Espinosa); «la última provocación de ZP: una ministra de defensa separatista y con barriga» (Carme Chacón). Hay muchos más, pero bastan como botones de muestra.
Si fueran de mi familia, a estos preclaros varones -tan machos ellos-, los echaría de casa; si fuera el director del medio de comunicación en el que se han expresado así, los mandaría al paro; si fuera alcalde de la ciudad en la que viven, los declararía personas non gratas; y si fuera juez les impondría una orden de alejamiento. Como no puedo hacer nada de eso, he comenzado por elaborar una lista con estos machistas de la pluma y del micro, a los que juro no volver a leer ni a escuchar. De momento, la encabezan Antonio Burgos, César Vidal, Jiménez Losantos y Juan Manuel de Prada. Que no descansen en paz.





